Has invitado a tu amiga, la única
que te hace caso, que acaba de dejarlo con su novio y de la que llevas
enamorado dos años a tu casa a ver Cuando
Harry encontró a Sally. Dos amigos que se enamoran, joder, no hay forma de
que no lo pille. Es domingo por la tarde, llueve fuera, tienes manta, palomitas
y helado de chocolate. El escenario perfecto. Va a ser tu gran día, lo notas.
Son las 17:00 y has quedado con
ella a las 18:30, pero ya estás duchado y arreglado (solo lo justo, para no
parecer demasiado ansioso). Llevas la camisa de cuadros abrochada hasta el
último botón, porque a ella le van los hipsters, los pantalones tan apretados
que hasta se te notan los pelos de las piernas y te has puesto un litro de tu
perfume de Calvin Klein. Queda tiempo y empiezas a moverte nervioso por el
salón.
El telefonillo suena a las 19:00,
un poco tarde, sí, pero se lo perdonas porque hoy lo vas a conseguir. Corres
como un loco a descolgar y, de los nervios, se te cae de las manos; esperas que
no haya oído el golpe y piense que eres un patoso, pero olvídate, lo ha oído,
aunque no hay problema, ya sabía que eras un patoso. Abres.
La emoción te embarga y la
tensión también, pero de repente te das cuenta de que llevas 3 horas dando
vueltas por el salón, has roto a sudar y hueles a sábado de fiesta a las 5 de
la mañana. Corres a la habitación a echarte desodorante y cambiarte de camisa,
pero es domingo y apenas te queda ropa limpia. La única camiseta que no apesta
es la que tus amigos se empeñaron en que os hicieseis para la fiesta de
despedida de vuestra generación (la del 92) en el colegio. Tiene a Curro en la
parte de delante (¿qué Curro? Curro, el de la Expo de Sevilla, ¿qué hay más del
92 que Curro?) y un 92 en la parte de detrás con tu nombre debajo. No te quedan
más opciones así que tienes que ponértela. Como es de hace 4 años te queda
pequeña, pero es lo que hay y piensas: “al menos, voy marcando músculos…” INGENUO. Suena el timbre,
te echas desodorante rápido, otro par de toquecitos de Calvin Klein, por si
acaso, y vas a abrir.
Dos besos y otros tantos quetales
y bienes. Os sentáis en el sofá, os tapáis con la manta y pones la película. Le
ofreces palomitas, ella te sonríe y coge. Lo ves clarísimo, ¡te ha sonreído!,
aun así, esperas a que se presente el momento idóneo, que sabes que se
presentará. Te pasas la película entera mirando su preciosa nariz, sus
increíbles ojos verdes y su espectacular sonrisa. Te recreas en el momento en
el que ella pasa la lengua por sus labios para evitar que se escape un poquito
de helado que se derretía. Lo notas ya, Billy Crystal está en la fiesta de Nochevieja
en vaqueros frente a Meg Ryan diciéndole aquello de: “te quiero cuando tienes
frío estando a 21º, te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo…”
y ella te susurra que mataría porque alguien le dijera esas cosas algún día.
¡Ahí está! El momento que llevas esperando 2 años. ¡La vas a besar por primera
vez! (no, evidentemente no cuenta el pico que os disteis en la fiesta de la
universidad a las 6 de la mañana, después de que ella vomitase). Te lanzas.
Pequeño error de cálculo, ella no estaba mirando, pero se gira, la expresión de
sus ojos cambia. Tú crees que vas bien. Ya casi lo tienes, estás muy cerca.
¿Pero qué? ¡Ella hace un movimiento de
cuello y te esquiva! ¿Qué está pasando? Pues lo que tenía que pasar, que si no
habías conseguido nada en 2 años, es que no estabas destinado a conseguirlo en
un domingo de manta y peli, porque los domingos de manta y peli son una gran
táctica para ligar, pero no pueden hacer
milagros.

