domingo, 31 de marzo de 2013

Domingos de manta y peli


Has invitado a tu amiga, la única que te hace caso, que acaba de dejarlo con su novio y de la que llevas enamorado dos años a tu casa a ver Cuando Harry encontró a Sally. Dos amigos que se enamoran, joder, no hay forma de que no lo pille. Es domingo por la tarde, llueve fuera, tienes manta, palomitas y helado de chocolate. El escenario perfecto. Va a ser tu gran día, lo notas.

Son las 17:00 y has quedado con ella a las 18:30, pero ya estás duchado y arreglado (solo lo justo, para no parecer demasiado ansioso). Llevas la camisa de cuadros abrochada hasta el último botón, porque a ella le van los hipsters, los pantalones tan apretados que hasta se te notan los pelos de las piernas y te has puesto un litro de tu perfume de Calvin Klein. Queda tiempo y empiezas a moverte nervioso por el salón.
El telefonillo suena a las 19:00, un poco tarde, sí, pero se lo perdonas porque hoy lo vas a conseguir. Corres como un loco a descolgar y, de los nervios, se te cae de las manos; esperas que no haya oído el golpe y piense que eres un patoso, pero olvídate, lo ha oído, aunque no hay problema, ya sabía que eras un patoso. Abres.
La emoción te embarga y la tensión también, pero de repente te das cuenta de que llevas 3 horas dando vueltas por el salón, has roto a sudar y hueles a sábado de fiesta a las 5 de la mañana. Corres a la habitación a echarte desodorante y cambiarte de camisa, pero es domingo y apenas te queda ropa limpia. La única camiseta que no apesta es la que tus amigos se empeñaron en que os hicieseis para la fiesta de despedida de vuestra generación (la del 92) en el colegio. Tiene a Curro en la parte de delante (¿qué Curro? Curro, el de la Expo de Sevilla, ¿qué hay más del 92 que Curro?) y un 92 en la parte de detrás con tu nombre debajo. No te quedan más opciones así que tienes que ponértela. Como es de hace 4 años te queda pequeña, pero es lo que hay y piensas: “al menos, voy  marcando músculos…” INGENUO. Suena el timbre, te echas desodorante rápido, otro par de toquecitos de Calvin Klein, por si acaso, y vas a abrir.

Dos besos y otros tantos quetales y bienes. Os sentáis en el sofá, os tapáis con la manta y pones la película. Le ofreces palomitas, ella te sonríe y coge. Lo ves clarísimo, ¡te ha sonreído!, aun así, esperas a que se presente el momento idóneo, que sabes que se presentará. Te pasas la película entera mirando su preciosa nariz, sus increíbles ojos verdes y su espectacular sonrisa. Te recreas en el momento en el que ella pasa la lengua por sus labios para evitar que se escape un poquito de helado que se derretía. Lo notas ya, Billy Crystal está en la fiesta de Nochevieja en vaqueros frente a Meg Ryan diciéndole aquello de: “te quiero cuando tienes frío estando a 21º, te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo…” y ella te susurra que mataría porque alguien le dijera esas cosas algún día. ¡Ahí está! El momento que llevas esperando 2 años. ¡La vas a besar por primera vez! (no, evidentemente no cuenta el pico que os disteis en la fiesta de la universidad a las 6 de la mañana, después de que ella vomitase). Te lanzas. Pequeño error de cálculo, ella no estaba mirando, pero se gira, la expresión de sus ojos cambia. Tú crees que vas bien. Ya casi lo tienes, estás muy cerca. ¿Pero qué?  ¡Ella hace un movimiento de cuello y te esquiva! ¿Qué está pasando? Pues lo que tenía que pasar, que si no habías conseguido nada en 2 años, es que no estabas destinado a conseguirlo en un domingo de manta y peli, porque los domingos de manta y peli son una gran táctica para ligar, pero no  pueden hacer milagros.

sábado, 2 de marzo de 2013

Buenas noches

Hay un momento en el que uno necesita que le destrocen el corazón, porque el alma ya la tiene hecha pedazos. Sé que es curioso necesitar que alguien te haga daño y sé que hay relaciones que también te joden el alma; lo sé, pero a veces, como ahora, yo necesito cambiar de lugar mi dolor, saber que sufro por algo, identificar al enemigo, porque esta situación es insostenible.

Un amor desgarrador. Quererla mucho y que me deje muy fuerte, que me arranque a pedacitos cada parte de mi ser, no importa. Hace falta. Quizá sea solo que necesito eso para centrarme, porque ya ni con alcohol me encuentro el sentido.

Siempre he creído que las mujeres eran la causa de todos mis males. En esa creencia he vivido cómodo, resguardado, a salvo de mí mismo. Ahora, cuando me doy cuenta de que no solo existe un mal externo, es cuando las vuelvo a necesitar. Antes de dormir siempre pensaba en alguna chica. Siempre. Siempre he sentido, en mayor o menor grado, cierta atracción especial por alguien y eso, en mi caso, ha sido algo muy útil pues, desde pequeño, a mi cabeza le da por sobrecalentarse en las horas de oscuridad y aún recuerdo noches, de imberbe todavía, sin poder pegar ojo. Eso cambió cuando descubrí a las mujeres; maravillosos instrumentos para poder dormir, literalmente.

Mis mejores noches han sido con mujeres (incluso las de no dormir) (incluso en las noches en las que no estaban de cuerpo presente -no hablo de pajas-). Cuando no conseguía parar de pensar, porque una idea me llevaba a otra y luego a otra distinta y luego a la siguiente y luego intentaba recuperar la primera averiguando cómo había llegado hasta ella, aparecía esa bombilla que, en vez de encenderse, apagaba todo el desasosiego que generaban mis pensamientos y los reconducía hasta la calma: una chica. De repente, imaginar situaciones en las que estábamos juntos, hacía que me relajase y pudiese, por fin, encontrarme con Morfeo. Sin rollos raros.

Por eso ahora que sé que mi mayor enemigo estaba en mi cama y era yo, necesito una aliada; alguien que me ayude a deshacerme de los líos en los que me meto por las noches. Ubicar mi cabeza, aunque sea, a costa de pasarlo mal.