martes, 10 de diciembre de 2013

Orange is the new black

Orange is the new black. Estoy enganchadísimo. Odio y disfruto cada minuto de esta serie. Detesto cada jodido momento de genialidad, como el final del capítulo 5; “The chickening”. Una burrada. Es que no puedo siquiera soportar cuánto me gusta esa maldita intro de con “You´ve got time” de Regina Spektor y esos primerísimos primeros planos a los ojos o la boca. Hay muchas cosas que no aguanto de esta serie porque me encantan.

Para los no iniciados, Orange is the new black trata sobre una rubia que antes era una traficante de drogas lesbiana, pero ahora va a casarse (o no) con el de American Pie, pero antes tiene que cumplir 15 meses (si no recuerdo mal) de prisión por lo de las drogas. La encierran con un montón de tías extrañas y, ¡oh casualidad!, con su ex. La que la introdujo en lo de las drogas. Por cierto, es la rubia de Aquellos maravillosos 70. La que estaba con el, por entonces pelele, de Topher Grace. La blanquita. Pues ahora sigue siendo igual de blanca y sexy, pero tiene el pelo negro y tatus, porque es la “Hembra alfa” de la relación. Las historias, las de todos, aparte de las que ocurren en la prisión, que no cárcel, porque es algo así como un correccional, se desarrollan al estilo de Lost, a modo de flashbacks y, hasta el momento, los guionistas lo están llevando de un modo más que aceptable y esperemos que no se les vaya de las manos, porque tiene muy buena pinta. 

Una vez presentada, es hora de tratar el tema por el que estoy escribiendo: ¡El mundo es jodidamente grande! Es enorme y terrible. Insoportable. Puede llegar a devorarte. A mí me está devorando. Todo iba bien hasta el domingo, pero el domingo por la noche, tras todo el día tirado en casa viendo la tele y sin hacer absolutamente nada más, me fui a dormir, a acostar más bien, porque lo de dormir ya es otra cosa y me empezó a entrar la ansiedad. Tenía que levantarme a las seis y media de la mañana para ir a trabajar a un sitio al que detesto y con unas personas que no me tragan. Di vueltas en la cama durante horas y, a eso de las dos, asumiendo que dormir era un reto imposible, decidí ponerme Orange is the new black. En aquel capítulo, Chapman, la rubia, estaba sentada en un árbol en el patio en una mañana de otoño leyendo un libro y entonces me dí cuenta: ¡El mundo es demasiado grande! Y yo demasiado pequeño. Hay muchísimas cosas a mi alrededor que me superan. Soy incapaz de abarcarlo todo, por poco que sea, me hundo y me escondo, normalmente en la cama. Antes salía con amigos a beber, pero ahora no puedo hacer ni eso. Los dieciséis ya pasaron y con ellos pasé yo. He cambiado mucho desde entonces y no todo ha sido para bien. Antes era capaz de sobreponerme a casi todo, incluso cuando las cosas iban realmente mal, no como ahora. Ahora, cuando todo me agobia, quisiera poder hacer como Chapman; vivir en un mundo más pequeño y poder pasarme el día leyendo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Chiara, claro

Volvimos de Pisa, de Viareggio más bien, a Génova. Habíamos pasado el día (y la noche) en la playa; en los putos 100 metros de playa pública que tiene Viareggio. Estábamos totalmente calcinados por el sol, habíamos "dormido" sobre las maletas en la arena y tomado un tren a las 6 de la mañana. Al llegar a Génova, unas 3 horas después, teníamos que buscar un hotel para dormir, porque para ese viaje habíamos acordado Candela y yo dormir un día sí y un día no, por lo de ahorrar y, claro, el día que sí se dormía se aprovechaba desde por la mañana, pero como queríamos movernos sin ataduras, nos presentábamos en todos los hoteles buscando el que tuviera habitaciones vacías y no costase más de 25 euros la noche. No era la tarea más difícil, pues no es Génova el sitio más turístico de Italia y, por los lugares de mala muerte por los que nos movíamos, tampoco es que se pelease nadie, pero ese día, a la vuelta de Pisa, era imposible encontrar un solo hotel libre. Probamos con todos los que nos habían hospedado antes sin resultado y anduvimos callejeando durante horas con caras entre zombie y alemán en Benidorm, sudando y maldiciendo en arameo nuestra mala suerte, pero al final encontramos un sitio. No estaba demasiado mal; era decente, pero con la pega de que el baño era compartido entre todas las habitaciones del piso. Decidimos quedarnos allí porque no había forma humana de seguir caminando sin desfallecer.

Lo de que los españoles y los italianos se entienden hablando despacio es una mentira que nos han contado a todos y que todos hemos hecho por tratar de creernos, pero ni de lejos entendía yo al genovés aquel. Una vez discutido y acordado el precio de la estancia me dispuse a pagar con tarjeta. Metí la tarjeta en el lector, él introdujo la cantidad, yo el número secreto, pulsé el "OK" y me llegó el SMS de confirmación de pago de Caja Extremadura (sí, sigo siendo de Caja Extremadura pese a que llevo 3 años en Madrid) y el señor recogió el tique. Lo miró durante unos segundos y concluyó que había un error y que no me habían cobrado. Yo intenté explicarle por todos los medios, en castellano y en inglés (y en una lengua que no puedo llamar italiano por vergüenza) que sí me habían cobrado. Le enseñaba el mensaje de mi móvil, pero él se negaba a creerlo. Intenté pasar la tarjeta de nuevo y, de nuevo, a él le volvía a dar error. Candela me decía que él no sabía si tenía suficiente dinero en su cuenta y que el efectivo no nos llegaba. Nuestra crispación había llamado la atención de una chica que se encontraba en aquel hall sentada frente al ordenador buscando algo en Google Maps. Aquella chica se giró para decir:

-Aquí pasa con casi todas las tarjetas, no os preocupéis.

Pero nos preocupábamos. Apenas nos quedaba dinero y necesitábamos dormir. Después de varios intentos infructuosos y casi sin esperanza, probamos con la tarjeta de Candela que, para alivio de todos, y para sorpresa nuestra, tenía dinero suficiente para afrontar el pago. Tras la espera y los momentos de incertidumbre, donde nos veíamos durmiendo en la calle otra noche más, nos dieron la llave de nuestra habitación. Tiramos las maletas en el suelo y nos quitamos la ropa que nos destrozaba el cuerpo quemado por doce horas de sol Mediterráneo. Candela fue el primero en ir a la ducha y se duchó como se ducha Candela; con música y durante 4 ó 5 horas. Luego me duché yo; rápido pero con cuidado de no morir de dolor. Usando gel y aftersun. Al volver a la habitación solo quería dormir, pero había que comer. O cenar. No recuerdo muy bien la hora que era. Lo que estaba claro es que esa iba a ser la única comida del día y que no podíamos esquivarla. Candela insistía en ir al McDonald´s de Via XX de Settembre, a unos veinte minutos andando de nuestro "hotel" y yo me negaba de todas las formas posibles, por lo que él accedió a ir sólo y traerme, de forma muy gentil, la cena (o la comida). Dos hamburguesas de un euro, unas patatas y una coca-cola.

Salió de la habitación y yo me puse la tele. Rai Uno. Ponían un programa de resúmenes de partidos de pretemporada de equipos de Serie A y yo no podía parar de pensar que la televisión italiana es exactamente igual que la televisión de España en los años 90. Un atraso tremendo. Cuando acabé de ver el resumen de un Cagliari 0 nosequé equipo 0 apagué la tele y me giré en la cama para dormir, al fin, después de unas treintaytantas horas sin poder hacerlo, pero me meaba. Me meaba de un modo inimaginable. Me meaba de verdad pero, joder, no había baño en la habitación, sólo un lavabo que me quedaba demasiado arriba como para tener la certeza de acertar con todo dentro, así pues, tomé la única decisión acertada que puede tomar un hombre en esos momentos; quitarme la toalla mojada de la ducha, ponerme los pantalones del pijama y salir medio en pelotas al puto baño comunitario. Salí por la puerta y recorrí los escasos quince pasos que separaban nuestro cuarto del baño y, al llegar a la puerta e intentar abrir, noté que tenía el cerrojo echado por dentro. Acerqué la oreja y escuché que alguien se estaba duchando. Podía esperar pacientemente a que ese alguien acabase, pero me meaba demasiado. Llamé de forma insistente hasta que ese alguien respondió. Intenté explicar ya con un italiano fluidísmo (nótese la ironía) que necesitaba utilizar el retrete de forma urgente. Amable e inexplicablemente, ese alguien accedió a salir de la ducha sin enjuagarse el pelo, abrir la puerta, salir del baño con una toalla tapando su cuerpo y dejarme mear. Se lo agradecí de verdad al acabar a ese alguien, que había resultado ser la chica que estaba antes en el hall. Ella se limitó a sonreír y volver a la ducha y yo me fui a mi habitación. Intenté durante cinco o diez minutos dormir, pero tenía la oreja puesta en intentar escuchar si la chica del hall salía o no de la ducha. Salió y, cuando escuché cerrarse la puerta del baño, salí para hablarle y agradecerle de nuevo que me hubiera dejado mear y, también, porque no estaba de más, que nos hubiese "tranquilizado" diciéndonos que las tarjetas de crédito no solían funcionar en el lector del "hotel".

Abrí la puerta apresurado y la chica se llevó un susto. Le pedí perdón primero, le agradecí después y me presenté por último.

-Me llamo Paco y soy español, aunque supongo que ya te has percatado de ello por el numerito de antes.

-¿El del baño o el de la entrada- me dijo ella riéndose. Llevaba una camiseta blanca básica de manga corta con escote que resaltaba más por culpa de su piel morena, unos shorts vaqueros realmente shorts y unas chanclas negras. -Soy Chiara.

-Pues... no tienes mucha pinta de Chiara- le dije yo tan perspicaz como siempre.

-¿Porque soy venezolana? Mi madre es italiana.

-De Génova, claro- apuntillé.

-De Genova, claro.

-¿Has venido de visita?

-He venido a buscar.

-¿Y qué buscas?

-A mi madre.

-¿Y tu padre?

-En Venezuela.

-¿Y tu madre?

-Por aquí, supongo.

-¿La conoces?

-Sí, vivió con nosotros hasta que yo tenía diez años y luego se fue. Se vino.

-No la has llamado.

-No tengo su número. No sé nada. Sólo he visto su Facebook y dice que vive acá. También mi papá me dijo que vivía acá.

-¿Le has hablado?- pregunté intentando colocarme en una conversación que me había dejado fuera hacía ya bastante tiempo.

-No. Quiero verla. Voy a un café al que pone que va mucho para ver si la encuentro.

-¿Por qué no le hablas?

-Porque prefiero encontrármela y ver si me reconoce.

-¿Qué le vas a decir?

-No lo he pensado. No sé si sabré reaccionar al verla. Espero que lo haga ella y así me evito tener que hacer nada.


No podía creérmelo. No sabía donde meterme. Ahí estaba yo dando una vuelta por una ciudad a una hora y poco de avión de España pensando que me estaba comiendo el mundo y esta chica había volado desde Venezuela sólo para sentarse en un café a esperar a una señora que la había dejado hacía, al menos, doce o trece años para decirle, o no, algo y para esperar que la reconociera, o no. Yo estaba parado delante de ella mirándola boquiabierto total sin tener muy claro qué hacer. Me decidí por tragarme inseguridad y vergüenza e intentar buscar su boca lanzando un mordisco certero. Acerté y a ella le gustó que lo hiciera. Sabía a menta. Me pasó la mano por la nuca y me agarró la camiseta a la altura de la cintura tirando de mí hacia ella. Mi mano se movía por su espalda buscando el momento apropiado para llegar a su culo. Besaba dulce y lento. Muy dulce y muy lento. Chiara. La italiana venezolana. Me apretaba mucho y yo notaba su pecho contra mí. Entramos en mi habitación y nos tumbamos en la cama. Me buscaba con necesidad. Era más ella que yo. Yo no acababa de explicarme muy bien la situación y sólo me dejaba llevar. Ella se subía encima de mí y yo me quejaba porque me dolía mucho de haberme quemado y ella se reía porque estaba muy rojo y porque me quejaba y porque, supongo, le hacía gracia yo. Y follamos. Me folló ella. Me folló como me besaba; muy dulce y muy lento, para que no me quejase. Yo me preguntaba el porqué de mi suerte. Por el trébol en el culo, supuse. Y acabó. Y acabé. Y acabamos. Y se tumbó frente a mí y se rió. Y me besó. Y se fue. Yo me dormí. Candela llegó quince o veinte minutos más tarde con la cena (o la comida). Le conté que había conocido a Chiara. Se rió. No sé si incrédulo o no, pero cenamos y nos dormimos y al día siguiente nos fuimos del "hotel". Busqué a Chiara antes de salir, pero nada. Quise pensar que estaría en el café, quizá hablando con su madre, quizá ella la habría reconocido y ya no tendría que volver a ese "hotel" horrible, pero, claro,  sólo eran quizás.

lunes, 29 de julio de 2013

Recuerdos

Cuando una historia se acaba todo lo vivido en ella se vuelve etéreo, como si no hubiese existido, se pierde en la cabeza en una nube de recuerdos que bien podrían ser inventados. Los grandes momentos parecen sacados de películas y los besos, vistos desde fuera, parecen ejecutados por actores profesionales. Sin embargo, hay ciertos momentos en los que, entre el espesor de esa nebulosa de esos recuerdos casi ficticios, aparece una imagen totalmente nítida en tu cabeza; una madrugada de Noviembre, cuando apenas la conocías. Estábais en tu casa, sin tus padres, tumbados en el sofá. Llevábais toda la noche sin dormir y desayunásteis una pizza. La luz del sol empezaba a iluminar sus pecas mientras tú, acariciándola muy suavemente, intentabas contarlas todas, para así guardarlas para siempre en la memoria, al lado de su sonrisa y, de pronto, casi sin darte cuenta, te encuentras buscando sus labios, probando su saliva caliente y borracho por el olor de su pelo y de su cuerpo y entonces te das cuenta de que allí, en ese momento, todo lo que pudiera existir en el mundo y que no tuviese a ella carecía de sentido para ti, porque allí, en ese momento, te diste cuenta de que la querías de una forma inhumana, de un modo en el que jamás podrías querer a nadie, porque nadie, nunca, podría volver a hacerte sentir eso que te hace sentir el amor cuando llega por primera vez, porque, aunque vuelvas a querer atesorar las pecas de otra chica, volver a amanecer sin dormir, volver a desayunar pizza con ella o volver a enamorarte, esa nunca será la primera vez.

lunes, 27 de mayo de 2013

David

Los amigos de toda la vida y los amigos de siempre. Hay mucha diferencia entre ellos; los de toda la vida son esos que te han tocado porque sí desde que eras pequeño, cuya amistad se ha mantenido en mayor o menor grado desde el principio, pero los amigos de siempre son esos que aparecen en un momento dado y, aunque solo los hayas visto una vez, ya sabes que hay algo especial, algo distinto y algo que no va a ser fácil romper. El amigo del que voy a hablar es de los segundos.

Conocí a David el primer día de colegio en Cáceres, con doce años, hace la friolera de nueve años ya. Lo conocí en el recreo, aparecí en las pistas de minibasket acompañado de Javi González, la primera persona con la que hablé al llegar, y me presentó a todo el mundo. David destacaba sobremanera. No hablamos mucho ese primer día, nuestra relación se limitó a un partido de fútbol. Al principio no estábamos muy unidos, ya que estábamos en clases distintas; yo estaba en "B" y él en "C", yo salía con los de mi clase y él con los de la suya, pero poco a poco nos fuimos acercando. El punto de inflexión se produjo con la llegada de Coti al auditorio de Cáceres (Coti, el de "nada de esto fue un error, uoho, nada fue un error...", os la sabéis, vaya). David ha tenido siempre la facilidad de conseguir entradas para todo tipo de acontecimientos musicales en la zona y yo nunca he podido rechazar un concierto gratis. Allí nos plantamos él y yo solos para. Mientras hacíamos cola, una de las chicas más guapas del colegio y encima mayor, nos saludó (no voy a decir el nombre porque a nadie le interesa y tú, David, te acuerdas tan bien como yo), ya nada podía ir mal esa noche. Fue un concierto memorable, no por Coti, sino porque ahí me di cuenta de que el tipo sudado que estaba berreando iba a ser importante para mí.

Parece que ya hace un siglo desde aquel concierto y él sigue siendo uno de mis mejores amigos; una de esas personas especiales que aparecen de vez en cuando en la vida, un tío increíble. Puede creer que la distancia me ha hecho pensar menos en él o no echarle de menos, puede creer incluso que se me ha olvidado su cumpleaños y que no voy a felicitarle, pero nada más lejos de la realidad. Es imposible olvidarse de que todavía nos queda un concierto por hacer (sí, borrachos, subidos en unas piedras y cantando "El canto del loco"), es imposible olvidar todas las veces que me ha aguantado cuando yo era un puto coñazo, imposible olvidar ese verano donde los días empezaban a las doce de la mañana en el Consumer con veinte euros para comprar comidas empanadas y toda suerte de alcoholes, es imposible olvidarse del puto vermú con mayonesa y es imposible explicar en un texto lo importante que es este chico para mí. Muchas felicidades David, que sepas que, como tú conmigo, yo siempre estaré contigo en las buenas, en las malas, pero sobre todo en las horribles. Te quiero mucho.




martes, 21 de mayo de 2013

Miedos

Me asustan alrededor, calculo, de mil millones de cosas: los asesinos con careta de hockey, los asesinos con cara de asesino (se les nota, lo sabéis vosotros y lo sé yo), los asesinos que parecen majos (son los peores, los que siempre te saludan en el ascensor), los niños chinos muy blancos, las niñas chinas gemelas, las niñas con el pelo muy largo que salen de un pozo, los pasillos en los que las luces se apagan y encienden de repente, los hospitales en penumbra, las chicas que me dicen que me quieren (menudas locas), los locos (los locos acojonan un huevo, estás hablando tranquilamente con ellos y van y se pegan una hostia en la cabeza), la SuperPop (sí, el concepto SuperPop, la revista, el olor, no sé, me ponía los pelos de punta), quedarme solo con gente que no conozco, un cruce incómodo con un conocido por la calle (lo de te saludo pero no, te doy dos besos o quizá es demasiado o lo de "¿de verdad no te conozco? ¿en serio? Joder, pues perdona por tocarte el culo"), las avispas, los niños que se comen los mocos... pero sobre todo me asustan dos cosas; la oscuridad y el paso del tiempo.

La oscuridad y el paso del tiempo son dos cosas con las que se aprende a vivir desde el minuto uno y que la gente va aceptando y asimilando con la edad, porque no queda otro remedio. Yo no puedo. Lo explico por partes:

La oscuridad es horrorosa. En ella aparecen todos los miedos del ser humano. Todos. Pensaréis que vale, que de pequeño era normal tener miedo a la oscuridad, pero que ya con veintiún años (casi) es una gilipollez, pues bien, de pequeño no es que tuviera miedo a la oscuridad en sí porque, seamos sinceros, la oscuridad en sí no es nada, en serio, pensadlo, no es nada, es el cero más absoluto, en realidad no hay nada que haga a la oscuridad más peligrosa que la luz; lo realmente malo pasa en tu cabeza. A oscuras y solo puede pasar lo más terrible; que haya que pensar, y yo pienso mucho, por eso me asusta tanto. Cuando era un niño solía pensar en todos los escenarios terribles que se podían dar durante la noche: el puto hombre del saco entrando en casa y llevándome, que mi padre se volviera loco y apareciese con un hacha reventando la puerta de mi habitación, que Stallone viniese a pegarme tiros (¡pues claro que tenía miedo de Stallone! Joder, era pequeño, no podía entender que una cara estuviese tan deforme y además, tenía pistolas) o que me encontrase a los Reyes Magos (esos cabrones podían entrar en mi casa cuando quisieran y la policía no hacía nada. Hay demasiada permisividad con los reyes...) pero claro, tenía trucos para tranquilizarme y conseguir dormir: leer hasta que se me cayese el libro en la cara y despertarme cuando mi padre me apagase la lámpara al irse a trabajar ya por la mañana, ser más rápido que mis padres y dormirme antes de que apagasen la tele del salón, porque así no tendría que lidiar con sacos ni reyes ni hachas o el de toser hasta que llorase mi hermana y mi padre acudiese a la habitación de enfrente a ver qué le pasaba. Siempre lograba dormirme cuando sabía que había alguien despierto. Ahora ninguno de esos trucos me vale ni mis miedos son tan simples, ahora no me duermo si mi padre está despierto, ni me quedo tranquilo sabiendo que el hombre del saco no va a entrar ya que oigo a Cordo y Maño (mis compañeros de piso) en el salón, ni siquiera me vale tener la certeza de que los Reyes Magos no andan merodeando por ahí. Ahora cada noche tengo que enfrentarme a horas de estar a solas conmigo y me cuesta una barbaridad dejarme descansar. Los fantasmas siguen siendo etéreos pero distintos y el que lleva la sábana que más asusta es el paso del tiempo.

El paso del tiempo. El primer momento en el que recuerdo que fui consciente de que todo esto era efímero fue con cinco o seis años. Aún vivía en el pueblo y en el piso de arriba de mi casa aún había chimenea, dos sofás, una camilla con brasero (de picón) y una tele antigua, pero antigua de entonces, antigua de las que había que encender con media hora de antelación para que se Calentase y poder distinguir colores. Era invierno, más o menos, bueno, no sé; llovía, hacía frío, estaban encendidos chimenea y brasero y jugaba la selección. No recuerdo contra quién era el partido, pero mi padre y yo nos subimos a verlo porque en la tele de abajo se veía otra cosa. En ello estábamos hasta que, de repente, rompí a llorar. Mi padre me miró extrañado y asustado porque no comprendía la situación, "¿Qué te pasa? ¿ Qué te pasa?", pero no obtenía respuesta y yo seguía con una llantina incontrolable "¿Te has dado con algo?". No me había dado con nada. Lloraba porque acababa de darme cuenta de que él un día no iba a estar conmigo viendo el fútbol y yo no entendía por qué. "Pero, ¿por qué lloras?" "Porque te vas a morir". Claro, el hombre se quedó impresionado ante una frase así de lapidaria. Se tomó un tiempo para intentar explicarme que eso era ley de vida y que no había nada que pudiésemos hacer. "Pero Paco, hijo, todos nos vamos a morir algún día, pero hoy no, ni mañana, así que no te preocupes". ¿Que no me preocupase? ¡Que no me preocupase! ¿Pero cómo no me iba a preocupar? Intenté decirle entre mocos y sollozos que no tenía sentido no preocuparse que, de hecho, era lo único que podíamos hacer, pero aquella conversación acabó de la única forma que podía acabar una conversación de ese tipo: "¡Goooooool! ¡Golazo! Paco, mira, ¡menudo golazo de Guerrero!" Y mi padre me abrazó y yo me abracé a él y él celebraba el gol y yo celebraba que al menos hoy, y mañana, él iba a estar ahí; aquí.

Aquel gol de Guerrero dejó adormilada mi capacidad de valorar el paso del tiempo. Con quince años pensaba que iba a vivir para siempre y que siempre iba a tener quince años, pero siendo mayor de edad. Ojalá hubiese sido así, porque era tan feliz con quince años... pero crecí, para bien o para mal crecí, y sigo haciéndolo, pero ahora, como cuando tenía seis años, me doy cuenta. Ahora, entrado en los veinte, mis dos grandes miedos se juntan todos los días. Hace un rato le decía a mi amigo Rea, que hoy cumple veintiuno, medio en broma medio en serio, las frases que me han llevado a escribir este texto: "¡¡¡Joder!!! ¿¿¿Otro??? ¡¡¡Puto ascazo!!! Dentro de nada nos juntaremos todos con 40 años, cuatro hijos cada uno, la mayoría calvos y con un tripón que no nos deje ni sentarnos, estaremos tan aburridos de nuestras vidas que recordaremos con nostalgia cuando yo decía estas palabras y pensábamos que no iba a llegar nunca ese momento, pero bueno, hasta entonces disfruta amigo... ¡Felicidades!". Después de escribir esto me he dado cuenta de una cosa; quizá en mis propias palabras haya encontrado la solución a mis miedos (al tiempo y la oscuridad; los niños chinos me siguen acojonando). Hacerme mayor no es algo que pueda controlar y algún día miraré con nostalgia los recuerdos de estos momentos, "pero bueno, hasta entonces disfruta".

viernes, 3 de mayo de 2013

Día de feria y... Pereza

Madrigalejo, 19 de Agosto de 2004. Empiezan las ferias. Hay nervios, hay ganas de salir por la noche y llegar tarde a casa, de enredar en los coches de choque, de estar con los amigos, hay ganas de pasarlo bien, pero aún es temprano y hay que matar el tiempo. Yo tengo 12 años y, lo mejor que se me ocurre, como siempre, es ir a casa de mi primo Alberto, 8 años mayor que yo, a pasar la tarde. Me lleva mi padre a las 15:30, pero claro, en casa de mi primo a esas horas están amaneciendo y tengo que esperar mientras ellos comen. Cuando acaban nos vamos a la habitación a escuchar música (esa habitación fue mi "guía" musical durante muchísimos años; ahí se escuchaba de todo: Alejandro Sanz, Eminem, Mike Oldfield, Carlos Santana, Maná, Jean Michel Jarre, Nelly...) y a jugar a aquel maravilloso deporte que nosotros habíamos creado y del cual nos sentíamos realmente orgullosos: el fútbol-calcetín, increíble combinación entre el deporte rey y unos calcetines enrollados. Es un juego con un mecanismo simple, aunque muy entretenido, consistente en dos camas enfrentadas, apoyadas en la pared y dos primos que se lanzaban unos calcetines buscando que las prendas tocasen la pared para hacer gol. Así pasamos la siesta.

Por la tarde llega Fran, amigo de mi primo, y le dice que vaya a jugar al fútbol con él al campo de fútbol, lo cual es todo un logro, ya que no se va a jugar al campo de césped todos los días. Mi primo acepta y yo, pese a ser mucho más pequeño que ellos, también voy. Pasamos por mi casa a buscar las botas y luego vamos a recoger a Manuel, mi otro primo, también mayor. Logro no molestar demasiado y que no se note que están jugando con un niño de 12 años durante el partido. Acabamos sobre las 21:00 o así por culpa de los mosquitos, que hacen insostenible la estancia. En el trayecto en coche de vuelta a casa, Fran pone la radio, los 40, y están anunciando una canción de un grupo que a mí me suena un montón, pero no sé de qué, unos tal "Pereza". Alberto sube el volumen y disipa todas mis dudas acerca de la familiaridad del grupo: 

-Coño, estos son los que tocan esta noche aquí. 

De eso me sonaban; había carteles por el pueblo de dos tipos muy flacos con gafas de sol y pelos raros. Escuchamos la canción hasta que llegamos a mi casa y a mí se me queda en la cabeza la frase esa de: "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...". No suenan nada mal, pero claro, el concierto son 6 eurazos y a ver a quién convenzo para ir...

Hemos quedado a las 23:00 en "La Maruchi". Llego puntual, pero allí solo está Juanlu, algo raro, porque siempre va en un pack con Panu. Tenemos que esperarle y, para hacerlo más ameno, adquirimos unas chuches y cuatro sobres de cromos cada uno. Juanlu siempre ha tenido su particular forma de abrir los cromos: tira el sobre al suelo, lo pisa, lo sopla y después lo abre. Supongo que piensa que le da suerte. Los sobres no traen ningún jugador que nos entusiasme demasiado y nos sentamos en el escalón de "La Maruchi" a comer. Le comento lo del concierto, le digo que los he escuchado por la radio y que están bastante bien, pero la idea se desecha rápido porque 6 euros, lo comprendo, son demasiado como para ir a escuchar a unos tíos que ni siquiera conocemos.

Panu aún se demora un rato más, pero acaba apareciendo. Ir a los coches de choque a la plaza nos parece lo más oportuno y eso hacemos. Compramos el pack de 10 viajes cada uno, que ya los gastaremos. Tras un par de ellos decidimos descansar un rato e ir a dar una vuelta para ver el ambiente. Bajamos por la calle de Panu hasta el parque y ya se empieza a escuchar la música del Lerele (lugar de fiestas y conciertos varios del pueblo). "Pero tengo una chica que me da algo para cantar, es lo que necesito yo..."

-Joder, pues está genial, teníamos que haber ido_ me quejo yo.

-Pues si quieres entramos, mi abuelo es el portero, nos deja pasar.

Esas palabras acaban de salir de la boca de Panu sin darle ninguna importancia, cuando era algo que tenía que haber dicho nada más llegar, mucho antes incluso de haber dicho "hola". Sin excusa económica para no ir a ver a los tipos raros de las gafas, Juanlu acepta ir también. Nos plantamos en la puerta del Lerele y, en efecto, allí estaba Domingo, el abuelo de Panu. Nos deja pasar sin poner ninguna pega. Hay bastante gente dentro, muchos jóvenes y algún que otro viejo desorientado, tanto por la música como por las copas. Nos acercamos abriéndonos paso entre la masa y al fin vemos a esos tipos, los dos con gafas de sol, aunque es de noche y tocando sus guitarras como si no hubiese un mañana, como si fuese el concierto más importante de su vida y no un bolo que se hace en las fiestas de un pueblo cualquiera en verano para sacar algo de pasta. La gente no se sabe la letra de las canciones pero bailan, les gustan los muchachos de las gafas. A mí me están gustando absolutamente todas las canciones y ya tengo más que decidido que me voy a hacer con ese disco y, de repente, llega la canción que había escuchado en el coche, la que se me había quedado en la cabeza. Aviso a Juanlu y Panu para que se preparen, que esa me la sé y grito como un loco durante toda la canción, los trozos que recordaba y los que no, hasta casi quedarme afónico. Cuando acaba el concierto estoy alucinado, sinceramente impresionado con los Pereza. No me podía creer que hubiese estado a punto de no ir.

Han pasado 9 años ya desde entonces. He crecido con los Pereza. Sus canciones han sido la banda sonora de muchas de mis noches y mis líos y hasta le he "dedicado" canciones suyas a alguna chica, por eso todavía, pese a que la escuchase por primera vez hace tanto tiempo, se me siguen poniendo los pelos de punta con eso de:  "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...".






lunes, 22 de abril de 2013

A la hora de los búhos



Cómo va a mejorar la situación se pregunta a sabiendas de que sigue caminando en círculos por culpa de la red de seguridad que le proporciona pensar que ella estará para ayudarle cada vez que se lo pida.

Es algo complicado abandonar un hábito adictivo. No es que esté enganchado a ella, sino a la sensación que produce sentirse querido, pero es algo demasiado placentero como para que él pueda soportarlo durante mucho tiempo, así que, pese a lo fácil que sería dejar que ella le cuidase y le quisiera, dejar que los problemas desaparezcan en ese halo de confort que encuentra cuando apoya la cabeza en su pecho y ella le acaricia el pelo mientras le cuenta alguna tontería para que deje de pensar, pese ello, él tiene la necesidad de alejarse de ella.

El problema no está en que no la quiera, de hecho, la quiere de verdad. El problema está en que él lleva tres años repitiendo un mismo patrón de comportamiento que le ha impedido avanzar en ningún sentido. Está emocionalmente estancado por culpa de una relación tóxica que, tras muchos altibajos y vaivenes, tras muchas rupturas y vueltas y tras mucho amor y desamor, acabó por dejarle en un foso demasiado profundo. Ella apareció siempre, cada vez que a él le venía demasiado grande el mundo, pero cuando comenzaba a vislumbrar la salida del foso, él sentía la imperiosa necesidad de apartarla de su lado. Y así le siguió aguantando ella: desprecio tas desprecio, llanto tras llanto, mes tras mes y año tras año, pero ni ella merece tanto dolor ni él es capaz de darle algo más.

Esta vez, al contrario que las otras, hubo un último beso en su despedida. Un beso salado, mojado por las lágrimas del último adiós, pero, al menos, ella no se fue con la sensación de que él no la había querido nunca.

Ha pasado tiempo desde aquella noche en la que todo acabó. Ahora ella es feliz con alguien, pero él, incapaz de salirse del círculo, sigue pensando en ella cuando, en noches como esta, a la hora de los búhos, necesita escuchar cualquier tontería tumbado en su pecho para hacer que sus problemas desaparezcan.