Los amigos de toda la vida y los amigos de siempre. Hay mucha diferencia entre ellos; los de toda la vida son esos que te han tocado porque sí desde que eras pequeño, cuya amistad se ha mantenido en mayor o menor grado desde el principio, pero los amigos de siempre son esos que aparecen en un momento dado y, aunque solo los hayas visto una vez, ya sabes que hay algo especial, algo distinto y algo que no va a ser fácil romper. El amigo del que voy a hablar es de los segundos.
Conocí a David el primer día de colegio en Cáceres, con doce años, hace la friolera de nueve años ya. Lo conocí en el recreo, aparecí en las pistas de minibasket acompañado de Javi González, la primera persona con la que hablé al llegar, y me presentó a todo el mundo. David destacaba sobremanera. No hablamos mucho ese primer día, nuestra relación se limitó a un partido de fútbol. Al principio no estábamos muy unidos, ya que estábamos en clases distintas; yo estaba en "B" y él en "C", yo salía con los de mi clase y él con los de la suya, pero poco a poco nos fuimos acercando. El punto de inflexión se produjo con la llegada de Coti al auditorio de Cáceres (Coti, el de "nada de esto fue un error, uoho, nada fue un error...", os la sabéis, vaya). David ha tenido siempre la facilidad de conseguir entradas para todo tipo de acontecimientos musicales en la zona y yo nunca he podido rechazar un concierto gratis. Allí nos plantamos él y yo solos para. Mientras hacíamos cola, una de las chicas más guapas del colegio y encima mayor, nos saludó (no voy a decir el nombre porque a nadie le interesa y tú, David, te acuerdas tan bien como yo), ya nada podía ir mal esa noche. Fue un concierto memorable, no por Coti, sino porque ahí me di cuenta de que el tipo sudado que estaba berreando iba a ser importante para mí.
Parece que ya hace un siglo desde aquel concierto y él sigue siendo uno de mis mejores amigos; una de esas personas especiales que aparecen de vez en cuando en la vida, un tío increíble. Puede creer que la distancia me ha hecho pensar menos en él o no echarle de menos, puede creer incluso que se me ha olvidado su cumpleaños y que no voy a felicitarle, pero nada más lejos de la realidad. Es imposible olvidarse de que todavía nos queda un concierto por hacer (sí, borrachos, subidos en unas piedras y cantando "El canto del loco"), es imposible olvidar todas las veces que me ha aguantado cuando yo era un puto coñazo, imposible olvidar ese verano donde los días empezaban a las doce de la mañana en el Consumer con veinte euros para comprar comidas empanadas y toda suerte de alcoholes, es imposible olvidarse del puto vermú con mayonesa y es imposible explicar en un texto lo importante que es este chico para mí. Muchas felicidades David, que sepas que, como tú conmigo, yo siempre estaré contigo en las buenas, en las malas, pero sobre todo en las horribles. Te quiero mucho.
lunes, 27 de mayo de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
Miedos
Me asustan alrededor, calculo, de mil millones de cosas: los asesinos con careta de hockey, los asesinos con cara de asesino (se les nota, lo sabéis vosotros y lo sé yo), los asesinos que parecen majos (son los peores, los que siempre te saludan en el ascensor), los niños chinos muy blancos, las niñas chinas gemelas, las niñas con el pelo muy largo que salen de un pozo, los pasillos en los que las luces se apagan y encienden de repente, los hospitales en penumbra, las chicas que me dicen que me quieren (menudas locas), los locos (los locos acojonan un huevo, estás hablando tranquilamente con ellos y van y se pegan una hostia en la cabeza), la SuperPop (sí, el concepto SuperPop, la revista, el olor, no sé, me ponía los pelos de punta), quedarme solo con gente que no conozco, un cruce incómodo con un conocido por la calle (lo de te saludo pero no, te doy dos besos o quizá es demasiado o lo de "¿de verdad no te conozco? ¿en serio? Joder, pues perdona por tocarte el culo"), las avispas, los niños que se comen los mocos... pero sobre todo me asustan dos cosas; la oscuridad y el paso del tiempo.
La oscuridad y el paso del tiempo son dos cosas con las que se aprende a vivir desde el minuto uno y que la gente va aceptando y asimilando con la edad, porque no queda otro remedio. Yo no puedo. Lo explico por partes:
La oscuridad es horrorosa. En ella aparecen todos los miedos del ser humano. Todos. Pensaréis que vale, que de pequeño era normal tener miedo a la oscuridad, pero que ya con veintiún años (casi) es una gilipollez, pues bien, de pequeño no es que tuviera miedo a la oscuridad en sí porque, seamos sinceros, la oscuridad en sí no es nada, en serio, pensadlo, no es nada, es el cero más absoluto, en realidad no hay nada que haga a la oscuridad más peligrosa que la luz; lo realmente malo pasa en tu cabeza. A oscuras y solo puede pasar lo más terrible; que haya que pensar, y yo pienso mucho, por eso me asusta tanto. Cuando era un niño solía pensar en todos los escenarios terribles que se podían dar durante la noche: el puto hombre del saco entrando en casa y llevándome, que mi padre se volviera loco y apareciese con un hacha reventando la puerta de mi habitación, que Stallone viniese a pegarme tiros (¡pues claro que tenía miedo de Stallone! Joder, era pequeño, no podía entender que una cara estuviese tan deforme y además, tenía pistolas) o que me encontrase a los Reyes Magos (esos cabrones podían entrar en mi casa cuando quisieran y la policía no hacía nada. Hay demasiada permisividad con los reyes...) pero claro, tenía trucos para tranquilizarme y conseguir dormir: leer hasta que se me cayese el libro en la cara y despertarme cuando mi padre me apagase la lámpara al irse a trabajar ya por la mañana, ser más rápido que mis padres y dormirme antes de que apagasen la tele del salón, porque así no tendría que lidiar con sacos ni reyes ni hachas o el de toser hasta que llorase mi hermana y mi padre acudiese a la habitación de enfrente a ver qué le pasaba. Siempre lograba dormirme cuando sabía que había alguien despierto. Ahora ninguno de esos trucos me vale ni mis miedos son tan simples, ahora no me duermo si mi padre está despierto, ni me quedo tranquilo sabiendo que el hombre del saco no va a entrar ya que oigo a Cordo y Maño (mis compañeros de piso) en el salón, ni siquiera me vale tener la certeza de que los Reyes Magos no andan merodeando por ahí. Ahora cada noche tengo que enfrentarme a horas de estar a solas conmigo y me cuesta una barbaridad dejarme descansar. Los fantasmas siguen siendo etéreos pero distintos y el que lleva la sábana que más asusta es el paso del tiempo.
El paso del tiempo. El primer momento en el que recuerdo que fui consciente de que todo esto era efímero fue con cinco o seis años. Aún vivía en el pueblo y en el piso de arriba de mi casa aún había chimenea, dos sofás, una camilla con brasero (de picón) y una tele antigua, pero antigua de entonces, antigua de las que había que encender con media hora de antelación para que se Calentase y poder distinguir colores. Era invierno, más o menos, bueno, no sé; llovía, hacía frío, estaban encendidos chimenea y brasero y jugaba la selección. No recuerdo contra quién era el partido, pero mi padre y yo nos subimos a verlo porque en la tele de abajo se veía otra cosa. En ello estábamos hasta que, de repente, rompí a llorar. Mi padre me miró extrañado y asustado porque no comprendía la situación, "¿Qué te pasa? ¿ Qué te pasa?", pero no obtenía respuesta y yo seguía con una llantina incontrolable "¿Te has dado con algo?". No me había dado con nada. Lloraba porque acababa de darme cuenta de que él un día no iba a estar conmigo viendo el fútbol y yo no entendía por qué. "Pero, ¿por qué lloras?" "Porque te vas a morir". Claro, el hombre se quedó impresionado ante una frase así de lapidaria. Se tomó un tiempo para intentar explicarme que eso era ley de vida y que no había nada que pudiésemos hacer. "Pero Paco, hijo, todos nos vamos a morir algún día, pero hoy no, ni mañana, así que no te preocupes". ¿Que no me preocupase? ¡Que no me preocupase! ¿Pero cómo no me iba a preocupar? Intenté decirle entre mocos y sollozos que no tenía sentido no preocuparse que, de hecho, era lo único que podíamos hacer, pero aquella conversación acabó de la única forma que podía acabar una conversación de ese tipo: "¡Goooooool! ¡Golazo! Paco, mira, ¡menudo golazo de Guerrero!" Y mi padre me abrazó y yo me abracé a él y él celebraba el gol y yo celebraba que al menos hoy, y mañana, él iba a estar ahí; aquí.
Aquel gol de Guerrero dejó adormilada mi capacidad de valorar el paso del tiempo. Con quince años pensaba que iba a vivir para siempre y que siempre iba a tener quince años, pero siendo mayor de edad. Ojalá hubiese sido así, porque era tan feliz con quince años... pero crecí, para bien o para mal crecí, y sigo haciéndolo, pero ahora, como cuando tenía seis años, me doy cuenta. Ahora, entrado en los veinte, mis dos grandes miedos se juntan todos los días. Hace un rato le decía a mi amigo Rea, que hoy cumple veintiuno, medio en broma medio en serio, las frases que me han llevado a escribir este texto: "¡¡¡Joder!!! ¿¿¿Otro??? ¡¡¡Puto ascazo!!! Dentro de nada nos juntaremos todos con 40 años, cuatro hijos cada uno, la mayoría calvos y con un tripón que no nos deje ni sentarnos, estaremos tan aburridos de nuestras vidas que recordaremos con nostalgia cuando yo decía estas palabras y pensábamos que no iba a llegar nunca ese momento, pero bueno, hasta entonces disfruta amigo... ¡Felicidades!". Después de escribir esto me he dado cuenta de una cosa; quizá en mis propias palabras haya encontrado la solución a mis miedos (al tiempo y la oscuridad; los niños chinos me siguen acojonando). Hacerme mayor no es algo que pueda controlar y algún día miraré con nostalgia los recuerdos de estos momentos, "pero bueno, hasta entonces disfruta".
viernes, 3 de mayo de 2013
Día de feria y... Pereza
Madrigalejo, 19 de Agosto de 2004. Empiezan las ferias. Hay nervios, hay ganas de salir por la noche y llegar tarde a casa, de enredar en los coches de choque, de estar con los amigos, hay ganas de pasarlo bien, pero aún es temprano y hay que matar el tiempo. Yo tengo 12 años y, lo mejor que se me ocurre, como siempre, es ir a casa de mi primo Alberto, 8 años mayor que yo, a pasar la tarde. Me lleva mi padre a las 15:30, pero claro, en casa de mi primo a esas horas están amaneciendo y tengo que esperar mientras ellos comen. Cuando acaban nos vamos a la habitación a escuchar música (esa habitación fue mi "guía" musical durante muchísimos años; ahí se escuchaba de todo: Alejandro Sanz, Eminem, Mike Oldfield, Carlos Santana, Maná, Jean Michel Jarre, Nelly...) y a jugar a aquel maravilloso deporte que nosotros habíamos creado y del cual nos sentíamos realmente orgullosos: el fútbol-calcetín, increíble combinación entre el deporte rey y unos calcetines enrollados. Es un juego con un mecanismo simple, aunque muy entretenido, consistente en dos camas enfrentadas, apoyadas en la pared y dos primos que se lanzaban unos calcetines buscando que las prendas tocasen la pared para hacer gol. Así pasamos la siesta.
Por la tarde llega Fran, amigo de mi primo, y le dice que vaya a jugar al fútbol con él al campo de fútbol, lo cual es todo un logro, ya que no se va a jugar al campo de césped todos los días. Mi primo acepta y yo, pese a ser mucho más pequeño que ellos, también voy. Pasamos por mi casa a buscar las botas y luego vamos a recoger a Manuel, mi otro primo, también mayor. Logro no molestar demasiado y que no se note que están jugando con un niño de 12 años durante el partido. Acabamos sobre las 21:00 o así por culpa de los mosquitos, que hacen insostenible la estancia. En el trayecto en coche de vuelta a casa, Fran pone la radio, los 40, y están anunciando una canción de un grupo que a mí me suena un montón, pero no sé de qué, unos tal "Pereza". Alberto sube el volumen y disipa todas mis dudas acerca de la familiaridad del grupo:
-Coño, estos son los que tocan esta noche aquí.
De eso me sonaban; había carteles por el pueblo de dos tipos muy flacos con gafas de sol y pelos raros. Escuchamos la canción hasta que llegamos a mi casa y a mí se me queda en la cabeza la frase esa de: "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...". No suenan nada mal, pero claro, el concierto son 6 eurazos y a ver a quién convenzo para ir...
Hemos quedado a las 23:00 en "La Maruchi". Llego puntual, pero allí solo está Juanlu, algo raro, porque siempre va en un pack con Panu. Tenemos que esperarle y, para hacerlo más ameno, adquirimos unas chuches y cuatro sobres de cromos cada uno. Juanlu siempre ha tenido su particular forma de abrir los cromos: tira el sobre al suelo, lo pisa, lo sopla y después lo abre. Supongo que piensa que le da suerte. Los sobres no traen ningún jugador que nos entusiasme demasiado y nos sentamos en el escalón de "La Maruchi" a comer. Le comento lo del concierto, le digo que los he escuchado por la radio y que están bastante bien, pero la idea se desecha rápido porque 6 euros, lo comprendo, son demasiado como para ir a escuchar a unos tíos que ni siquiera conocemos.
Panu aún se demora un rato más, pero acaba apareciendo. Ir a los coches de choque a la plaza nos parece lo más oportuno y eso hacemos. Compramos el pack de 10 viajes cada uno, que ya los gastaremos. Tras un par de ellos decidimos descansar un rato e ir a dar una vuelta para ver el ambiente. Bajamos por la calle de Panu hasta el parque y ya se empieza a escuchar la música del Lerele (lugar de fiestas y conciertos varios del pueblo). "Pero tengo una chica que me da algo para cantar, es lo que necesito yo..."
-Joder, pues está genial, teníamos que haber ido_ me quejo yo.
-Pues si quieres entramos, mi abuelo es el portero, nos deja pasar.
Esas palabras acaban de salir de la boca de Panu sin darle ninguna importancia, cuando era algo que tenía que haber dicho nada más llegar, mucho antes incluso de haber dicho "hola". Sin excusa económica para no ir a ver a los tipos raros de las gafas, Juanlu acepta ir también. Nos plantamos en la puerta del Lerele y, en efecto, allí estaba Domingo, el abuelo de Panu. Nos deja pasar sin poner ninguna pega. Hay bastante gente dentro, muchos jóvenes y algún que otro viejo desorientado, tanto por la música como por las copas. Nos acercamos abriéndonos paso entre la masa y al fin vemos a esos tipos, los dos con gafas de sol, aunque es de noche y tocando sus guitarras como si no hubiese un mañana, como si fuese el concierto más importante de su vida y no un bolo que se hace en las fiestas de un pueblo cualquiera en verano para sacar algo de pasta. La gente no se sabe la letra de las canciones pero bailan, les gustan los muchachos de las gafas. A mí me están gustando absolutamente todas las canciones y ya tengo más que decidido que me voy a hacer con ese disco y, de repente, llega la canción que había escuchado en el coche, la que se me había quedado en la cabeza. Aviso a Juanlu y Panu para que se preparen, que esa me la sé y grito como un loco durante toda la canción, los trozos que recordaba y los que no, hasta casi quedarme afónico. Cuando acaba el concierto estoy alucinado, sinceramente impresionado con los Pereza. No me podía creer que hubiese estado a punto de no ir.
Han pasado 9 años ya desde entonces. He crecido con los Pereza. Sus canciones han sido la banda sonora de muchas de mis noches y mis líos y hasta le he "dedicado" canciones suyas a alguna chica, por eso todavía, pese a que la escuchase por primera vez hace tanto tiempo, se me siguen poniendo los pelos de punta con eso de: "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...".
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