lunes, 22 de abril de 2013

A la hora de los búhos



Cómo va a mejorar la situación se pregunta a sabiendas de que sigue caminando en círculos por culpa de la red de seguridad que le proporciona pensar que ella estará para ayudarle cada vez que se lo pida.

Es algo complicado abandonar un hábito adictivo. No es que esté enganchado a ella, sino a la sensación que produce sentirse querido, pero es algo demasiado placentero como para que él pueda soportarlo durante mucho tiempo, así que, pese a lo fácil que sería dejar que ella le cuidase y le quisiera, dejar que los problemas desaparezcan en ese halo de confort que encuentra cuando apoya la cabeza en su pecho y ella le acaricia el pelo mientras le cuenta alguna tontería para que deje de pensar, pese ello, él tiene la necesidad de alejarse de ella.

El problema no está en que no la quiera, de hecho, la quiere de verdad. El problema está en que él lleva tres años repitiendo un mismo patrón de comportamiento que le ha impedido avanzar en ningún sentido. Está emocionalmente estancado por culpa de una relación tóxica que, tras muchos altibajos y vaivenes, tras muchas rupturas y vueltas y tras mucho amor y desamor, acabó por dejarle en un foso demasiado profundo. Ella apareció siempre, cada vez que a él le venía demasiado grande el mundo, pero cuando comenzaba a vislumbrar la salida del foso, él sentía la imperiosa necesidad de apartarla de su lado. Y así le siguió aguantando ella: desprecio tas desprecio, llanto tras llanto, mes tras mes y año tras año, pero ni ella merece tanto dolor ni él es capaz de darle algo más.

Esta vez, al contrario que las otras, hubo un último beso en su despedida. Un beso salado, mojado por las lágrimas del último adiós, pero, al menos, ella no se fue con la sensación de que él no la había querido nunca.

Ha pasado tiempo desde aquella noche en la que todo acabó. Ahora ella es feliz con alguien, pero él, incapaz de salirse del círculo, sigue pensando en ella cuando, en noches como esta, a la hora de los búhos, necesita escuchar cualquier tontería tumbado en su pecho para hacer que sus problemas desaparezcan.


jueves, 18 de abril de 2013

Empieza el guión


Cuadernos en sucio, infinidad de notas en el móvil, ideas de situaciones en un pequeño bloc y muchas horas sin dormir dando forma a una idea ya muy definida. La historia está clara porque no me es ajena, no del todo al menos y llega el momento de, por fin, hacer algo con ella.

Esto es para lo que siempre he pensado que valía, es una de esas pocas cosas en las que tengo confianza en mí; escribir, pero estoy acojonado. Sé por dónde empezar, pero tengo miedo de que no vaya como espero. ¿Y si me atasco en un callejón sin salida? ¿Y si no soy capaz de desarrollar la historia como pensaba? ¿Y si, en realidad, carezco de talento para crear historias? Me enfrento en este momento a un estado de pánico profundo, miedo escénico. ¿Qué haré si esto no funciona? ¿Voy a poder soportar un golpe así? Tengo un millón de preguntas, pero ni siquiera sé a quién hacérselas. ¿Hay acaso alguna respuesta?

El temor ha hecho que alargue el momento de ordenar ideas y personajes todo lo posible, pero ya no puedo esperar más, es algo que no para de removérseme dentro y tengo que sacarlo. Va a ser algo en lo que invierta muchas horas y ponga muchos sentimientos, porque todos los sentimientos de los personajes en la historia salen de mí, de mi vida. No toda la historia es mi vida, claro que no, pero ¿cómo van mis personajes a reflejar sentimientos que yo no conozco?

Supongo que este texto es más para mí mismo que para vosotros, vamos, tampoco es que me lean veinte mil personas cada entrada. Creo que es un poco una manera de alejar fantasmas ahora que, irremediablemente, me veo metido hasta la garganta en el proceso de creación. Solo espero conseguir encontrar el modo de llevar todo este lío y no destruir mis expectativas de escribir, porque la del escritor frustrado es una figura que se vende muy bien, pero solo en las películas.