martes, 21 de mayo de 2013

Miedos

Me asustan alrededor, calculo, de mil millones de cosas: los asesinos con careta de hockey, los asesinos con cara de asesino (se les nota, lo sabéis vosotros y lo sé yo), los asesinos que parecen majos (son los peores, los que siempre te saludan en el ascensor), los niños chinos muy blancos, las niñas chinas gemelas, las niñas con el pelo muy largo que salen de un pozo, los pasillos en los que las luces se apagan y encienden de repente, los hospitales en penumbra, las chicas que me dicen que me quieren (menudas locas), los locos (los locos acojonan un huevo, estás hablando tranquilamente con ellos y van y se pegan una hostia en la cabeza), la SuperPop (sí, el concepto SuperPop, la revista, el olor, no sé, me ponía los pelos de punta), quedarme solo con gente que no conozco, un cruce incómodo con un conocido por la calle (lo de te saludo pero no, te doy dos besos o quizá es demasiado o lo de "¿de verdad no te conozco? ¿en serio? Joder, pues perdona por tocarte el culo"), las avispas, los niños que se comen los mocos... pero sobre todo me asustan dos cosas; la oscuridad y el paso del tiempo.

La oscuridad y el paso del tiempo son dos cosas con las que se aprende a vivir desde el minuto uno y que la gente va aceptando y asimilando con la edad, porque no queda otro remedio. Yo no puedo. Lo explico por partes:

La oscuridad es horrorosa. En ella aparecen todos los miedos del ser humano. Todos. Pensaréis que vale, que de pequeño era normal tener miedo a la oscuridad, pero que ya con veintiún años (casi) es una gilipollez, pues bien, de pequeño no es que tuviera miedo a la oscuridad en sí porque, seamos sinceros, la oscuridad en sí no es nada, en serio, pensadlo, no es nada, es el cero más absoluto, en realidad no hay nada que haga a la oscuridad más peligrosa que la luz; lo realmente malo pasa en tu cabeza. A oscuras y solo puede pasar lo más terrible; que haya que pensar, y yo pienso mucho, por eso me asusta tanto. Cuando era un niño solía pensar en todos los escenarios terribles que se podían dar durante la noche: el puto hombre del saco entrando en casa y llevándome, que mi padre se volviera loco y apareciese con un hacha reventando la puerta de mi habitación, que Stallone viniese a pegarme tiros (¡pues claro que tenía miedo de Stallone! Joder, era pequeño, no podía entender que una cara estuviese tan deforme y además, tenía pistolas) o que me encontrase a los Reyes Magos (esos cabrones podían entrar en mi casa cuando quisieran y la policía no hacía nada. Hay demasiada permisividad con los reyes...) pero claro, tenía trucos para tranquilizarme y conseguir dormir: leer hasta que se me cayese el libro en la cara y despertarme cuando mi padre me apagase la lámpara al irse a trabajar ya por la mañana, ser más rápido que mis padres y dormirme antes de que apagasen la tele del salón, porque así no tendría que lidiar con sacos ni reyes ni hachas o el de toser hasta que llorase mi hermana y mi padre acudiese a la habitación de enfrente a ver qué le pasaba. Siempre lograba dormirme cuando sabía que había alguien despierto. Ahora ninguno de esos trucos me vale ni mis miedos son tan simples, ahora no me duermo si mi padre está despierto, ni me quedo tranquilo sabiendo que el hombre del saco no va a entrar ya que oigo a Cordo y Maño (mis compañeros de piso) en el salón, ni siquiera me vale tener la certeza de que los Reyes Magos no andan merodeando por ahí. Ahora cada noche tengo que enfrentarme a horas de estar a solas conmigo y me cuesta una barbaridad dejarme descansar. Los fantasmas siguen siendo etéreos pero distintos y el que lleva la sábana que más asusta es el paso del tiempo.

El paso del tiempo. El primer momento en el que recuerdo que fui consciente de que todo esto era efímero fue con cinco o seis años. Aún vivía en el pueblo y en el piso de arriba de mi casa aún había chimenea, dos sofás, una camilla con brasero (de picón) y una tele antigua, pero antigua de entonces, antigua de las que había que encender con media hora de antelación para que se Calentase y poder distinguir colores. Era invierno, más o menos, bueno, no sé; llovía, hacía frío, estaban encendidos chimenea y brasero y jugaba la selección. No recuerdo contra quién era el partido, pero mi padre y yo nos subimos a verlo porque en la tele de abajo se veía otra cosa. En ello estábamos hasta que, de repente, rompí a llorar. Mi padre me miró extrañado y asustado porque no comprendía la situación, "¿Qué te pasa? ¿ Qué te pasa?", pero no obtenía respuesta y yo seguía con una llantina incontrolable "¿Te has dado con algo?". No me había dado con nada. Lloraba porque acababa de darme cuenta de que él un día no iba a estar conmigo viendo el fútbol y yo no entendía por qué. "Pero, ¿por qué lloras?" "Porque te vas a morir". Claro, el hombre se quedó impresionado ante una frase así de lapidaria. Se tomó un tiempo para intentar explicarme que eso era ley de vida y que no había nada que pudiésemos hacer. "Pero Paco, hijo, todos nos vamos a morir algún día, pero hoy no, ni mañana, así que no te preocupes". ¿Que no me preocupase? ¡Que no me preocupase! ¿Pero cómo no me iba a preocupar? Intenté decirle entre mocos y sollozos que no tenía sentido no preocuparse que, de hecho, era lo único que podíamos hacer, pero aquella conversación acabó de la única forma que podía acabar una conversación de ese tipo: "¡Goooooool! ¡Golazo! Paco, mira, ¡menudo golazo de Guerrero!" Y mi padre me abrazó y yo me abracé a él y él celebraba el gol y yo celebraba que al menos hoy, y mañana, él iba a estar ahí; aquí.

Aquel gol de Guerrero dejó adormilada mi capacidad de valorar el paso del tiempo. Con quince años pensaba que iba a vivir para siempre y que siempre iba a tener quince años, pero siendo mayor de edad. Ojalá hubiese sido así, porque era tan feliz con quince años... pero crecí, para bien o para mal crecí, y sigo haciéndolo, pero ahora, como cuando tenía seis años, me doy cuenta. Ahora, entrado en los veinte, mis dos grandes miedos se juntan todos los días. Hace un rato le decía a mi amigo Rea, que hoy cumple veintiuno, medio en broma medio en serio, las frases que me han llevado a escribir este texto: "¡¡¡Joder!!! ¿¿¿Otro??? ¡¡¡Puto ascazo!!! Dentro de nada nos juntaremos todos con 40 años, cuatro hijos cada uno, la mayoría calvos y con un tripón que no nos deje ni sentarnos, estaremos tan aburridos de nuestras vidas que recordaremos con nostalgia cuando yo decía estas palabras y pensábamos que no iba a llegar nunca ese momento, pero bueno, hasta entonces disfruta amigo... ¡Felicidades!". Después de escribir esto me he dado cuenta de una cosa; quizá en mis propias palabras haya encontrado la solución a mis miedos (al tiempo y la oscuridad; los niños chinos me siguen acojonando). Hacerme mayor no es algo que pueda controlar y algún día miraré con nostalgia los recuerdos de estos momentos, "pero bueno, hasta entonces disfruta".

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