domingo, 24 de noviembre de 2013

Chiara, claro

Volvimos de Pisa, de Viareggio más bien, a Génova. Habíamos pasado el día (y la noche) en la playa; en los putos 100 metros de playa pública que tiene Viareggio. Estábamos totalmente calcinados por el sol, habíamos "dormido" sobre las maletas en la arena y tomado un tren a las 6 de la mañana. Al llegar a Génova, unas 3 horas después, teníamos que buscar un hotel para dormir, porque para ese viaje habíamos acordado Candela y yo dormir un día sí y un día no, por lo de ahorrar y, claro, el día que sí se dormía se aprovechaba desde por la mañana, pero como queríamos movernos sin ataduras, nos presentábamos en todos los hoteles buscando el que tuviera habitaciones vacías y no costase más de 25 euros la noche. No era la tarea más difícil, pues no es Génova el sitio más turístico de Italia y, por los lugares de mala muerte por los que nos movíamos, tampoco es que se pelease nadie, pero ese día, a la vuelta de Pisa, era imposible encontrar un solo hotel libre. Probamos con todos los que nos habían hospedado antes sin resultado y anduvimos callejeando durante horas con caras entre zombie y alemán en Benidorm, sudando y maldiciendo en arameo nuestra mala suerte, pero al final encontramos un sitio. No estaba demasiado mal; era decente, pero con la pega de que el baño era compartido entre todas las habitaciones del piso. Decidimos quedarnos allí porque no había forma humana de seguir caminando sin desfallecer.

Lo de que los españoles y los italianos se entienden hablando despacio es una mentira que nos han contado a todos y que todos hemos hecho por tratar de creernos, pero ni de lejos entendía yo al genovés aquel. Una vez discutido y acordado el precio de la estancia me dispuse a pagar con tarjeta. Metí la tarjeta en el lector, él introdujo la cantidad, yo el número secreto, pulsé el "OK" y me llegó el SMS de confirmación de pago de Caja Extremadura (sí, sigo siendo de Caja Extremadura pese a que llevo 3 años en Madrid) y el señor recogió el tique. Lo miró durante unos segundos y concluyó que había un error y que no me habían cobrado. Yo intenté explicarle por todos los medios, en castellano y en inglés (y en una lengua que no puedo llamar italiano por vergüenza) que sí me habían cobrado. Le enseñaba el mensaje de mi móvil, pero él se negaba a creerlo. Intenté pasar la tarjeta de nuevo y, de nuevo, a él le volvía a dar error. Candela me decía que él no sabía si tenía suficiente dinero en su cuenta y que el efectivo no nos llegaba. Nuestra crispación había llamado la atención de una chica que se encontraba en aquel hall sentada frente al ordenador buscando algo en Google Maps. Aquella chica se giró para decir:

-Aquí pasa con casi todas las tarjetas, no os preocupéis.

Pero nos preocupábamos. Apenas nos quedaba dinero y necesitábamos dormir. Después de varios intentos infructuosos y casi sin esperanza, probamos con la tarjeta de Candela que, para alivio de todos, y para sorpresa nuestra, tenía dinero suficiente para afrontar el pago. Tras la espera y los momentos de incertidumbre, donde nos veíamos durmiendo en la calle otra noche más, nos dieron la llave de nuestra habitación. Tiramos las maletas en el suelo y nos quitamos la ropa que nos destrozaba el cuerpo quemado por doce horas de sol Mediterráneo. Candela fue el primero en ir a la ducha y se duchó como se ducha Candela; con música y durante 4 ó 5 horas. Luego me duché yo; rápido pero con cuidado de no morir de dolor. Usando gel y aftersun. Al volver a la habitación solo quería dormir, pero había que comer. O cenar. No recuerdo muy bien la hora que era. Lo que estaba claro es que esa iba a ser la única comida del día y que no podíamos esquivarla. Candela insistía en ir al McDonald´s de Via XX de Settembre, a unos veinte minutos andando de nuestro "hotel" y yo me negaba de todas las formas posibles, por lo que él accedió a ir sólo y traerme, de forma muy gentil, la cena (o la comida). Dos hamburguesas de un euro, unas patatas y una coca-cola.

Salió de la habitación y yo me puse la tele. Rai Uno. Ponían un programa de resúmenes de partidos de pretemporada de equipos de Serie A y yo no podía parar de pensar que la televisión italiana es exactamente igual que la televisión de España en los años 90. Un atraso tremendo. Cuando acabé de ver el resumen de un Cagliari 0 nosequé equipo 0 apagué la tele y me giré en la cama para dormir, al fin, después de unas treintaytantas horas sin poder hacerlo, pero me meaba. Me meaba de un modo inimaginable. Me meaba de verdad pero, joder, no había baño en la habitación, sólo un lavabo que me quedaba demasiado arriba como para tener la certeza de acertar con todo dentro, así pues, tomé la única decisión acertada que puede tomar un hombre en esos momentos; quitarme la toalla mojada de la ducha, ponerme los pantalones del pijama y salir medio en pelotas al puto baño comunitario. Salí por la puerta y recorrí los escasos quince pasos que separaban nuestro cuarto del baño y, al llegar a la puerta e intentar abrir, noté que tenía el cerrojo echado por dentro. Acerqué la oreja y escuché que alguien se estaba duchando. Podía esperar pacientemente a que ese alguien acabase, pero me meaba demasiado. Llamé de forma insistente hasta que ese alguien respondió. Intenté explicar ya con un italiano fluidísmo (nótese la ironía) que necesitaba utilizar el retrete de forma urgente. Amable e inexplicablemente, ese alguien accedió a salir de la ducha sin enjuagarse el pelo, abrir la puerta, salir del baño con una toalla tapando su cuerpo y dejarme mear. Se lo agradecí de verdad al acabar a ese alguien, que había resultado ser la chica que estaba antes en el hall. Ella se limitó a sonreír y volver a la ducha y yo me fui a mi habitación. Intenté durante cinco o diez minutos dormir, pero tenía la oreja puesta en intentar escuchar si la chica del hall salía o no de la ducha. Salió y, cuando escuché cerrarse la puerta del baño, salí para hablarle y agradecerle de nuevo que me hubiera dejado mear y, también, porque no estaba de más, que nos hubiese "tranquilizado" diciéndonos que las tarjetas de crédito no solían funcionar en el lector del "hotel".

Abrí la puerta apresurado y la chica se llevó un susto. Le pedí perdón primero, le agradecí después y me presenté por último.

-Me llamo Paco y soy español, aunque supongo que ya te has percatado de ello por el numerito de antes.

-¿El del baño o el de la entrada- me dijo ella riéndose. Llevaba una camiseta blanca básica de manga corta con escote que resaltaba más por culpa de su piel morena, unos shorts vaqueros realmente shorts y unas chanclas negras. -Soy Chiara.

-Pues... no tienes mucha pinta de Chiara- le dije yo tan perspicaz como siempre.

-¿Porque soy venezolana? Mi madre es italiana.

-De Génova, claro- apuntillé.

-De Genova, claro.

-¿Has venido de visita?

-He venido a buscar.

-¿Y qué buscas?

-A mi madre.

-¿Y tu padre?

-En Venezuela.

-¿Y tu madre?

-Por aquí, supongo.

-¿La conoces?

-Sí, vivió con nosotros hasta que yo tenía diez años y luego se fue. Se vino.

-No la has llamado.

-No tengo su número. No sé nada. Sólo he visto su Facebook y dice que vive acá. También mi papá me dijo que vivía acá.

-¿Le has hablado?- pregunté intentando colocarme en una conversación que me había dejado fuera hacía ya bastante tiempo.

-No. Quiero verla. Voy a un café al que pone que va mucho para ver si la encuentro.

-¿Por qué no le hablas?

-Porque prefiero encontrármela y ver si me reconoce.

-¿Qué le vas a decir?

-No lo he pensado. No sé si sabré reaccionar al verla. Espero que lo haga ella y así me evito tener que hacer nada.


No podía creérmelo. No sabía donde meterme. Ahí estaba yo dando una vuelta por una ciudad a una hora y poco de avión de España pensando que me estaba comiendo el mundo y esta chica había volado desde Venezuela sólo para sentarse en un café a esperar a una señora que la había dejado hacía, al menos, doce o trece años para decirle, o no, algo y para esperar que la reconociera, o no. Yo estaba parado delante de ella mirándola boquiabierto total sin tener muy claro qué hacer. Me decidí por tragarme inseguridad y vergüenza e intentar buscar su boca lanzando un mordisco certero. Acerté y a ella le gustó que lo hiciera. Sabía a menta. Me pasó la mano por la nuca y me agarró la camiseta a la altura de la cintura tirando de mí hacia ella. Mi mano se movía por su espalda buscando el momento apropiado para llegar a su culo. Besaba dulce y lento. Muy dulce y muy lento. Chiara. La italiana venezolana. Me apretaba mucho y yo notaba su pecho contra mí. Entramos en mi habitación y nos tumbamos en la cama. Me buscaba con necesidad. Era más ella que yo. Yo no acababa de explicarme muy bien la situación y sólo me dejaba llevar. Ella se subía encima de mí y yo me quejaba porque me dolía mucho de haberme quemado y ella se reía porque estaba muy rojo y porque me quejaba y porque, supongo, le hacía gracia yo. Y follamos. Me folló ella. Me folló como me besaba; muy dulce y muy lento, para que no me quejase. Yo me preguntaba el porqué de mi suerte. Por el trébol en el culo, supuse. Y acabó. Y acabé. Y acabamos. Y se tumbó frente a mí y se rió. Y me besó. Y se fue. Yo me dormí. Candela llegó quince o veinte minutos más tarde con la cena (o la comida). Le conté que había conocido a Chiara. Se rió. No sé si incrédulo o no, pero cenamos y nos dormimos y al día siguiente nos fuimos del "hotel". Busqué a Chiara antes de salir, pero nada. Quise pensar que estaría en el café, quizá hablando con su madre, quizá ella la habría reconocido y ya no tendría que volver a ese "hotel" horrible, pero, claro,  sólo eran quizás.

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