Orange is the new black. Estoy
enganchadísimo. Odio y disfruto cada minuto de esta serie. Detesto
cada jodido momento de genialidad, como el final del capítulo 5;
“The chickening”. Una burrada. Es que no puedo siquiera soportar
cuánto me gusta esa maldita intro de con “You´ve got time” de
Regina Spektor y esos primerísimos primeros planos a los ojos o la
boca. Hay muchas cosas que no aguanto de esta serie porque me
encantan.
Para los no iniciados, Orange is the
new black trata sobre una rubia que antes era una traficante de
drogas lesbiana, pero ahora va a casarse (o no) con el de American
Pie, pero antes tiene que cumplir 15 meses (si no recuerdo mal) de
prisión por lo de las drogas. La encierran con un montón de tías
extrañas y, ¡oh casualidad!, con su ex. La que la introdujo en lo
de las drogas. Por cierto, es la rubia de Aquellos maravillosos 70.
La que estaba con el, por entonces pelele, de Topher Grace. La
blanquita. Pues ahora sigue siendo igual de blanca y sexy, pero tiene
el pelo negro y tatus, porque es la “Hembra alfa” de la relación. Las historias, las de todos, aparte de las que ocurren en la prisión,
que no cárcel, porque es algo así como un correccional, se
desarrollan al estilo de Lost, a modo de flashbacks y, hasta el
momento, los guionistas lo están llevando de un modo más que
aceptable y esperemos que no se les vaya de las manos, porque tiene
muy buena pinta.
Una vez presentada, es hora de tratar
el tema por el que estoy escribiendo: ¡El mundo es jodidamente
grande! Es enorme y terrible. Insoportable. Puede llegar a devorarte.
A mí me está devorando. Todo iba bien hasta el domingo, pero el
domingo por la noche, tras todo el día tirado en casa viendo la tele
y sin hacer absolutamente nada más, me fui a dormir, a acostar más
bien, porque lo de dormir ya es otra cosa y me empezó a entrar la
ansiedad. Tenía que levantarme a las seis y media de la mañana para
ir a trabajar a un sitio al que detesto y con unas personas que no me
tragan. Di vueltas en la cama durante horas y, a eso de las dos,
asumiendo que dormir era un reto imposible, decidí ponerme Orange is
the new black. En aquel capítulo, Chapman, la rubia, estaba sentada
en un árbol en el patio en una mañana de otoño leyendo un libro y
entonces me dí cuenta: ¡El mundo es demasiado grande! Y yo
demasiado pequeño. Hay muchísimas cosas a mi alrededor que me
superan. Soy incapaz de abarcarlo todo, por poco que sea, me hundo y
me escondo, normalmente en la cama. Antes salía con amigos a beber,
pero ahora no puedo hacer ni eso. Los dieciséis ya pasaron y con
ellos pasé yo. He cambiado mucho desde entonces y no todo ha sido
para bien. Antes era capaz de sobreponerme a casi todo, incluso
cuando las cosas iban realmente mal, no como ahora. Ahora, cuando
todo me agobia, quisiera poder hacer como Chapman; vivir en un mundo
más pequeño y poder pasarme el día leyendo.
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