viernes, 3 de mayo de 2013

Día de feria y... Pereza

Madrigalejo, 19 de Agosto de 2004. Empiezan las ferias. Hay nervios, hay ganas de salir por la noche y llegar tarde a casa, de enredar en los coches de choque, de estar con los amigos, hay ganas de pasarlo bien, pero aún es temprano y hay que matar el tiempo. Yo tengo 12 años y, lo mejor que se me ocurre, como siempre, es ir a casa de mi primo Alberto, 8 años mayor que yo, a pasar la tarde. Me lleva mi padre a las 15:30, pero claro, en casa de mi primo a esas horas están amaneciendo y tengo que esperar mientras ellos comen. Cuando acaban nos vamos a la habitación a escuchar música (esa habitación fue mi "guía" musical durante muchísimos años; ahí se escuchaba de todo: Alejandro Sanz, Eminem, Mike Oldfield, Carlos Santana, Maná, Jean Michel Jarre, Nelly...) y a jugar a aquel maravilloso deporte que nosotros habíamos creado y del cual nos sentíamos realmente orgullosos: el fútbol-calcetín, increíble combinación entre el deporte rey y unos calcetines enrollados. Es un juego con un mecanismo simple, aunque muy entretenido, consistente en dos camas enfrentadas, apoyadas en la pared y dos primos que se lanzaban unos calcetines buscando que las prendas tocasen la pared para hacer gol. Así pasamos la siesta.

Por la tarde llega Fran, amigo de mi primo, y le dice que vaya a jugar al fútbol con él al campo de fútbol, lo cual es todo un logro, ya que no se va a jugar al campo de césped todos los días. Mi primo acepta y yo, pese a ser mucho más pequeño que ellos, también voy. Pasamos por mi casa a buscar las botas y luego vamos a recoger a Manuel, mi otro primo, también mayor. Logro no molestar demasiado y que no se note que están jugando con un niño de 12 años durante el partido. Acabamos sobre las 21:00 o así por culpa de los mosquitos, que hacen insostenible la estancia. En el trayecto en coche de vuelta a casa, Fran pone la radio, los 40, y están anunciando una canción de un grupo que a mí me suena un montón, pero no sé de qué, unos tal "Pereza". Alberto sube el volumen y disipa todas mis dudas acerca de la familiaridad del grupo: 

-Coño, estos son los que tocan esta noche aquí. 

De eso me sonaban; había carteles por el pueblo de dos tipos muy flacos con gafas de sol y pelos raros. Escuchamos la canción hasta que llegamos a mi casa y a mí se me queda en la cabeza la frase esa de: "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...". No suenan nada mal, pero claro, el concierto son 6 eurazos y a ver a quién convenzo para ir...

Hemos quedado a las 23:00 en "La Maruchi". Llego puntual, pero allí solo está Juanlu, algo raro, porque siempre va en un pack con Panu. Tenemos que esperarle y, para hacerlo más ameno, adquirimos unas chuches y cuatro sobres de cromos cada uno. Juanlu siempre ha tenido su particular forma de abrir los cromos: tira el sobre al suelo, lo pisa, lo sopla y después lo abre. Supongo que piensa que le da suerte. Los sobres no traen ningún jugador que nos entusiasme demasiado y nos sentamos en el escalón de "La Maruchi" a comer. Le comento lo del concierto, le digo que los he escuchado por la radio y que están bastante bien, pero la idea se desecha rápido porque 6 euros, lo comprendo, son demasiado como para ir a escuchar a unos tíos que ni siquiera conocemos.

Panu aún se demora un rato más, pero acaba apareciendo. Ir a los coches de choque a la plaza nos parece lo más oportuno y eso hacemos. Compramos el pack de 10 viajes cada uno, que ya los gastaremos. Tras un par de ellos decidimos descansar un rato e ir a dar una vuelta para ver el ambiente. Bajamos por la calle de Panu hasta el parque y ya se empieza a escuchar la música del Lerele (lugar de fiestas y conciertos varios del pueblo). "Pero tengo una chica que me da algo para cantar, es lo que necesito yo..."

-Joder, pues está genial, teníamos que haber ido_ me quejo yo.

-Pues si quieres entramos, mi abuelo es el portero, nos deja pasar.

Esas palabras acaban de salir de la boca de Panu sin darle ninguna importancia, cuando era algo que tenía que haber dicho nada más llegar, mucho antes incluso de haber dicho "hola". Sin excusa económica para no ir a ver a los tipos raros de las gafas, Juanlu acepta ir también. Nos plantamos en la puerta del Lerele y, en efecto, allí estaba Domingo, el abuelo de Panu. Nos deja pasar sin poner ninguna pega. Hay bastante gente dentro, muchos jóvenes y algún que otro viejo desorientado, tanto por la música como por las copas. Nos acercamos abriéndonos paso entre la masa y al fin vemos a esos tipos, los dos con gafas de sol, aunque es de noche y tocando sus guitarras como si no hubiese un mañana, como si fuese el concierto más importante de su vida y no un bolo que se hace en las fiestas de un pueblo cualquiera en verano para sacar algo de pasta. La gente no se sabe la letra de las canciones pero bailan, les gustan los muchachos de las gafas. A mí me están gustando absolutamente todas las canciones y ya tengo más que decidido que me voy a hacer con ese disco y, de repente, llega la canción que había escuchado en el coche, la que se me había quedado en la cabeza. Aviso a Juanlu y Panu para que se preparen, que esa me la sé y grito como un loco durante toda la canción, los trozos que recordaba y los que no, hasta casi quedarme afónico. Cuando acaba el concierto estoy alucinado, sinceramente impresionado con los Pereza. No me podía creer que hubiese estado a punto de no ir.

Han pasado 9 años ya desde entonces. He crecido con los Pereza. Sus canciones han sido la banda sonora de muchas de mis noches y mis líos y hasta le he "dedicado" canciones suyas a alguna chica, por eso todavía, pese a que la escuchase por primera vez hace tanto tiempo, se me siguen poniendo los pelos de punta con eso de:  "Si quieres bailamos, me pongo los zapatos y me llevas y me llevas contigo, por ese mundo oscuro y desconocido del compás, olvidarnos del tiempo perdido...".






lunes, 22 de abril de 2013

A la hora de los búhos



Cómo va a mejorar la situación se pregunta a sabiendas de que sigue caminando en círculos por culpa de la red de seguridad que le proporciona pensar que ella estará para ayudarle cada vez que se lo pida.

Es algo complicado abandonar un hábito adictivo. No es que esté enganchado a ella, sino a la sensación que produce sentirse querido, pero es algo demasiado placentero como para que él pueda soportarlo durante mucho tiempo, así que, pese a lo fácil que sería dejar que ella le cuidase y le quisiera, dejar que los problemas desaparezcan en ese halo de confort que encuentra cuando apoya la cabeza en su pecho y ella le acaricia el pelo mientras le cuenta alguna tontería para que deje de pensar, pese ello, él tiene la necesidad de alejarse de ella.

El problema no está en que no la quiera, de hecho, la quiere de verdad. El problema está en que él lleva tres años repitiendo un mismo patrón de comportamiento que le ha impedido avanzar en ningún sentido. Está emocionalmente estancado por culpa de una relación tóxica que, tras muchos altibajos y vaivenes, tras muchas rupturas y vueltas y tras mucho amor y desamor, acabó por dejarle en un foso demasiado profundo. Ella apareció siempre, cada vez que a él le venía demasiado grande el mundo, pero cuando comenzaba a vislumbrar la salida del foso, él sentía la imperiosa necesidad de apartarla de su lado. Y así le siguió aguantando ella: desprecio tas desprecio, llanto tras llanto, mes tras mes y año tras año, pero ni ella merece tanto dolor ni él es capaz de darle algo más.

Esta vez, al contrario que las otras, hubo un último beso en su despedida. Un beso salado, mojado por las lágrimas del último adiós, pero, al menos, ella no se fue con la sensación de que él no la había querido nunca.

Ha pasado tiempo desde aquella noche en la que todo acabó. Ahora ella es feliz con alguien, pero él, incapaz de salirse del círculo, sigue pensando en ella cuando, en noches como esta, a la hora de los búhos, necesita escuchar cualquier tontería tumbado en su pecho para hacer que sus problemas desaparezcan.


jueves, 18 de abril de 2013

Empieza el guión


Cuadernos en sucio, infinidad de notas en el móvil, ideas de situaciones en un pequeño bloc y muchas horas sin dormir dando forma a una idea ya muy definida. La historia está clara porque no me es ajena, no del todo al menos y llega el momento de, por fin, hacer algo con ella.

Esto es para lo que siempre he pensado que valía, es una de esas pocas cosas en las que tengo confianza en mí; escribir, pero estoy acojonado. Sé por dónde empezar, pero tengo miedo de que no vaya como espero. ¿Y si me atasco en un callejón sin salida? ¿Y si no soy capaz de desarrollar la historia como pensaba? ¿Y si, en realidad, carezco de talento para crear historias? Me enfrento en este momento a un estado de pánico profundo, miedo escénico. ¿Qué haré si esto no funciona? ¿Voy a poder soportar un golpe así? Tengo un millón de preguntas, pero ni siquiera sé a quién hacérselas. ¿Hay acaso alguna respuesta?

El temor ha hecho que alargue el momento de ordenar ideas y personajes todo lo posible, pero ya no puedo esperar más, es algo que no para de removérseme dentro y tengo que sacarlo. Va a ser algo en lo que invierta muchas horas y ponga muchos sentimientos, porque todos los sentimientos de los personajes en la historia salen de mí, de mi vida. No toda la historia es mi vida, claro que no, pero ¿cómo van mis personajes a reflejar sentimientos que yo no conozco?

Supongo que este texto es más para mí mismo que para vosotros, vamos, tampoco es que me lean veinte mil personas cada entrada. Creo que es un poco una manera de alejar fantasmas ahora que, irremediablemente, me veo metido hasta la garganta en el proceso de creación. Solo espero conseguir encontrar el modo de llevar todo este lío y no destruir mis expectativas de escribir, porque la del escritor frustrado es una figura que se vende muy bien, pero solo en las películas.

domingo, 31 de marzo de 2013

Domingos de manta y peli


Has invitado a tu amiga, la única que te hace caso, que acaba de dejarlo con su novio y de la que llevas enamorado dos años a tu casa a ver Cuando Harry encontró a Sally. Dos amigos que se enamoran, joder, no hay forma de que no lo pille. Es domingo por la tarde, llueve fuera, tienes manta, palomitas y helado de chocolate. El escenario perfecto. Va a ser tu gran día, lo notas.

Son las 17:00 y has quedado con ella a las 18:30, pero ya estás duchado y arreglado (solo lo justo, para no parecer demasiado ansioso). Llevas la camisa de cuadros abrochada hasta el último botón, porque a ella le van los hipsters, los pantalones tan apretados que hasta se te notan los pelos de las piernas y te has puesto un litro de tu perfume de Calvin Klein. Queda tiempo y empiezas a moverte nervioso por el salón.
El telefonillo suena a las 19:00, un poco tarde, sí, pero se lo perdonas porque hoy lo vas a conseguir. Corres como un loco a descolgar y, de los nervios, se te cae de las manos; esperas que no haya oído el golpe y piense que eres un patoso, pero olvídate, lo ha oído, aunque no hay problema, ya sabía que eras un patoso. Abres.
La emoción te embarga y la tensión también, pero de repente te das cuenta de que llevas 3 horas dando vueltas por el salón, has roto a sudar y hueles a sábado de fiesta a las 5 de la mañana. Corres a la habitación a echarte desodorante y cambiarte de camisa, pero es domingo y apenas te queda ropa limpia. La única camiseta que no apesta es la que tus amigos se empeñaron en que os hicieseis para la fiesta de despedida de vuestra generación (la del 92) en el colegio. Tiene a Curro en la parte de delante (¿qué Curro? Curro, el de la Expo de Sevilla, ¿qué hay más del 92 que Curro?) y un 92 en la parte de detrás con tu nombre debajo. No te quedan más opciones así que tienes que ponértela. Como es de hace 4 años te queda pequeña, pero es lo que hay y piensas: “al menos, voy  marcando músculos…” INGENUO. Suena el timbre, te echas desodorante rápido, otro par de toquecitos de Calvin Klein, por si acaso, y vas a abrir.

Dos besos y otros tantos quetales y bienes. Os sentáis en el sofá, os tapáis con la manta y pones la película. Le ofreces palomitas, ella te sonríe y coge. Lo ves clarísimo, ¡te ha sonreído!, aun así, esperas a que se presente el momento idóneo, que sabes que se presentará. Te pasas la película entera mirando su preciosa nariz, sus increíbles ojos verdes y su espectacular sonrisa. Te recreas en el momento en el que ella pasa la lengua por sus labios para evitar que se escape un poquito de helado que se derretía. Lo notas ya, Billy Crystal está en la fiesta de Nochevieja en vaqueros frente a Meg Ryan diciéndole aquello de: “te quiero cuando tienes frío estando a 21º, te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo…” y ella te susurra que mataría porque alguien le dijera esas cosas algún día. ¡Ahí está! El momento que llevas esperando 2 años. ¡La vas a besar por primera vez! (no, evidentemente no cuenta el pico que os disteis en la fiesta de la universidad a las 6 de la mañana, después de que ella vomitase). Te lanzas. Pequeño error de cálculo, ella no estaba mirando, pero se gira, la expresión de sus ojos cambia. Tú crees que vas bien. Ya casi lo tienes, estás muy cerca. ¿Pero qué?  ¡Ella hace un movimiento de cuello y te esquiva! ¿Qué está pasando? Pues lo que tenía que pasar, que si no habías conseguido nada en 2 años, es que no estabas destinado a conseguirlo en un domingo de manta y peli, porque los domingos de manta y peli son una gran táctica para ligar, pero no  pueden hacer milagros.

sábado, 2 de marzo de 2013

Buenas noches

Hay un momento en el que uno necesita que le destrocen el corazón, porque el alma ya la tiene hecha pedazos. Sé que es curioso necesitar que alguien te haga daño y sé que hay relaciones que también te joden el alma; lo sé, pero a veces, como ahora, yo necesito cambiar de lugar mi dolor, saber que sufro por algo, identificar al enemigo, porque esta situación es insostenible.

Un amor desgarrador. Quererla mucho y que me deje muy fuerte, que me arranque a pedacitos cada parte de mi ser, no importa. Hace falta. Quizá sea solo que necesito eso para centrarme, porque ya ni con alcohol me encuentro el sentido.

Siempre he creído que las mujeres eran la causa de todos mis males. En esa creencia he vivido cómodo, resguardado, a salvo de mí mismo. Ahora, cuando me doy cuenta de que no solo existe un mal externo, es cuando las vuelvo a necesitar. Antes de dormir siempre pensaba en alguna chica. Siempre. Siempre he sentido, en mayor o menor grado, cierta atracción especial por alguien y eso, en mi caso, ha sido algo muy útil pues, desde pequeño, a mi cabeza le da por sobrecalentarse en las horas de oscuridad y aún recuerdo noches, de imberbe todavía, sin poder pegar ojo. Eso cambió cuando descubrí a las mujeres; maravillosos instrumentos para poder dormir, literalmente.

Mis mejores noches han sido con mujeres (incluso las de no dormir) (incluso en las noches en las que no estaban de cuerpo presente -no hablo de pajas-). Cuando no conseguía parar de pensar, porque una idea me llevaba a otra y luego a otra distinta y luego a la siguiente y luego intentaba recuperar la primera averiguando cómo había llegado hasta ella, aparecía esa bombilla que, en vez de encenderse, apagaba todo el desasosiego que generaban mis pensamientos y los reconducía hasta la calma: una chica. De repente, imaginar situaciones en las que estábamos juntos, hacía que me relajase y pudiese, por fin, encontrarme con Morfeo. Sin rollos raros.

Por eso ahora que sé que mi mayor enemigo estaba en mi cama y era yo, necesito una aliada; alguien que me ayude a deshacerme de los líos en los que me meto por las noches. Ubicar mi cabeza, aunque sea, a costa de pasarlo mal.

miércoles, 13 de febrero de 2013

En la Tierra Prometida


Eras la Tierra Prometida. Salí de mi casa, la que me acogió cuando tenía 12 años, donde aprendí a vivir, donde conocí por primera vez casi todo; las primeras borracheras, los primeros grandes besos, las primeras grandes decepciones, las primeras enormes experiencias y el primer gran amor, para venir contigo. Allí fui muchas cosas, el chico listo y tímido al principio, el chico malo después y el gran desastre al final, pero tenía que salir y tú me llamabas.

Cuando vine por primera vez no estaba solo, así que no me abrumaba ni tu inmensidad ni tu impersonalidad. Creía que me iba a comer el mundo y que tenía que empezar por ti, devorándote pedacito a pedacito. Así lo hice los primeros meses, incluso el primer año entero. Disfruté de ti y me dejé llevar en todo lo que pude. Es un año que jamás olvidaré. Eras nueva para mí, eras intrigante y respondías a todas mis expectativas.

Llevo ya tres años aquí y ya no te aguanto más. Me has decepcionado de todas las formas posibles, no te soporto, ni tú me buscas, ni yo te encuentro. Eras mi ideal de libertad y ahora no estoy libre, ahora estoy solo y destrozado. No sé cómo lidiar contigo, me has derrotado y me has reducido a cenizas. Me has rechazado como si fuera un virus. Ya no te quiero y no quiero estar aquí. No puedo volver, porque no lo aguantaría, aquel ya no es mi sitio, pero tú tampoco. Mi lugar está lejos de ti.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Nena, no es por ti

Ya no te escribo. Hace mucho que no. Ya no te lloro porque mis lágrimas las gasté. No recuerdo con especial cariño ninguno de todos nuestros momentos ni intento que volvamos a revivirlos. Lo que me es imposible olvidar es lo feliz que era, incluso cuando no era feliz.

No te quiero a ti. Me quiero a mí contigo, pero sin ti.

Siempre he tenido la necesidad de que me rescaten sin pedirlo. Alguien que apareciera ahí cuando estaba mal sin llamarle y ahora me ahogo y ni siquiera estás tú para darme un poco de aire. No sé a quién querer ni quién dejar que me quiera. No sé contar lo que me pasa ni quién debe oírlo.

Tengo ganas de largarme, pero siempre me ha faltado valor para hacer cosas. No tengo nada aquí y vivo los momentos que vivo borracho. Ya no me llena nada.

Y ni siquiera estás tú.