Volvimos de Pisa, de Viareggio más
bien, a Génova. Habíamos pasado el día (y la noche) en la playa;
en los putos 100 metros de playa pública que tiene Viareggio.
Estábamos totalmente calcinados por el sol, habíamos "dormido"
sobre las maletas en la arena y tomado un tren a las 6 de la mañana.
Al llegar a Génova, unas 3 horas después, teníamos que buscar un
hotel para dormir, porque para ese viaje habíamos acordado Candela y
yo dormir un día sí y un día no, por lo de ahorrar y, claro, el
día que sí se dormía se aprovechaba desde por la mañana, pero
como queríamos movernos sin ataduras, nos presentábamos en todos
los hoteles buscando el que tuviera habitaciones vacías y no costase
más de 25 euros la noche. No era la tarea más difícil, pues no es
Génova el sitio más turístico de Italia y, por los lugares de mala
muerte por los que nos movíamos, tampoco es que se pelease nadie,
pero ese día, a la vuelta de Pisa, era imposible encontrar un solo
hotel libre. Probamos con todos los que nos habían hospedado antes
sin resultado y anduvimos callejeando durante horas con caras entre
zombie y alemán en Benidorm, sudando y maldiciendo en arameo nuestra
mala suerte, pero al final encontramos un sitio. No estaba demasiado
mal; era decente, pero con la pega de que el baño era compartido
entre todas las habitaciones del piso. Decidimos quedarnos allí
porque no había forma humana de seguir caminando sin desfallecer.
Lo de que los españoles y los
italianos se entienden hablando despacio es una mentira que nos han
contado a todos y que todos hemos hecho por tratar de creernos, pero
ni de lejos entendía yo al genovés aquel. Una vez discutido y
acordado el precio de la estancia me dispuse a pagar con tarjeta.
Metí la tarjeta en el lector, él introdujo la cantidad, yo el
número secreto, pulsé el "OK" y me llegó el SMS de
confirmación de pago de Caja Extremadura (sí, sigo siendo de Caja
Extremadura pese a que llevo 3 años en Madrid) y el señor recogió
el tique. Lo miró durante unos segundos y concluyó que había un
error y que no me habían cobrado. Yo intenté explicarle por todos
los medios, en castellano y en inglés (y en una lengua que no puedo
llamar italiano por vergüenza) que sí me habían cobrado. Le
enseñaba el mensaje de mi móvil, pero él se negaba a creerlo.
Intenté pasar la tarjeta de nuevo y, de nuevo, a él le volvía a
dar error. Candela me decía que él no sabía si tenía suficiente
dinero en su cuenta y que el efectivo no nos llegaba. Nuestra
crispación había llamado la atención de una chica que se
encontraba en aquel hall sentada frente al ordenador buscando algo en
Google Maps. Aquella chica se giró para decir:
-Aquí pasa con casi todas las
tarjetas, no os preocupéis.
Pero nos preocupábamos. Apenas nos
quedaba dinero y necesitábamos dormir. Después de varios intentos
infructuosos y casi sin esperanza, probamos con la tarjeta de Candela
que, para alivio de todos, y para sorpresa nuestra, tenía dinero
suficiente para afrontar el pago. Tras la espera y los momentos de
incertidumbre, donde nos veíamos durmiendo en la calle otra noche
más, nos dieron la llave de nuestra habitación. Tiramos las maletas
en el suelo y nos quitamos la ropa que nos destrozaba el cuerpo
quemado por doce horas de sol Mediterráneo. Candela fue el primero
en ir a la ducha y se duchó como se ducha Candela; con música y
durante 4 ó 5 horas. Luego me duché yo; rápido pero con cuidado de
no morir de dolor. Usando gel y aftersun. Al volver a la habitación
solo quería dormir, pero había que comer. O cenar. No recuerdo muy
bien la hora que era. Lo que estaba claro es que esa iba a ser la
única comida del día y que no podíamos esquivarla. Candela
insistía en ir al McDonald´s de Via XX de Settembre, a unos veinte
minutos andando de nuestro "hotel" y yo me negaba de todas
las formas posibles, por lo que él accedió a ir sólo y traerme, de
forma muy gentil, la cena (o la comida). Dos hamburguesas de un euro,
unas patatas y una coca-cola.
Salió de la habitación y yo me puse
la tele. Rai Uno. Ponían un programa de resúmenes de partidos de
pretemporada de equipos de Serie A y yo no podía parar de pensar que
la televisión italiana es exactamente igual que la televisión de
España en los años 90. Un atraso tremendo. Cuando acabé de ver el
resumen de un Cagliari 0 nosequé equipo 0 apagué la tele y me giré
en la cama para dormir, al fin, después de unas treintaytantas horas
sin poder hacerlo, pero me meaba. Me meaba de un modo inimaginable.
Me meaba de verdad pero, joder, no había baño en la habitación,
sólo un lavabo que me quedaba demasiado arriba como para tener la
certeza de acertar con todo dentro, así pues, tomé la única
decisión acertada que puede tomar un hombre en esos momentos;
quitarme la toalla mojada de la ducha, ponerme los pantalones del
pijama y salir medio en pelotas al puto baño comunitario. Salí por
la puerta y recorrí los escasos quince pasos que separaban nuestro
cuarto del baño y, al llegar a la puerta e intentar abrir, noté que
tenía el cerrojo echado por dentro. Acerqué la oreja y escuché que
alguien se estaba duchando. Podía esperar pacientemente a que ese
alguien acabase, pero me meaba demasiado. Llamé de forma insistente
hasta que ese alguien respondió. Intenté explicar ya con un
italiano fluidísmo (nótese la ironía) que necesitaba utilizar el
retrete de forma urgente. Amable e inexplicablemente, ese alguien
accedió a salir de la ducha sin enjuagarse el pelo, abrir la puerta,
salir del baño con una toalla tapando su cuerpo y dejarme mear. Se
lo agradecí de verdad al acabar a ese alguien, que había resultado
ser la chica que estaba antes en el hall. Ella se limitó a sonreír
y volver a la ducha y yo me fui a mi habitación. Intenté durante
cinco o diez minutos dormir, pero tenía la oreja puesta en intentar
escuchar si la chica del hall salía o no de la ducha. Salió y,
cuando escuché cerrarse la puerta del baño, salí para hablarle y
agradecerle de nuevo que me hubiera dejado mear y, también, porque
no estaba de más, que nos hubiese "tranquilizado"
diciéndonos que las tarjetas de crédito no solían funcionar en el
lector del "hotel".
Abrí la puerta apresurado y la chica
se llevó un susto. Le pedí perdón primero, le agradecí después y
me presenté por último.
-Me llamo Paco y soy español, aunque
supongo que ya te has percatado de ello por el numerito de antes.
-¿El del baño o el de la entrada- me
dijo ella riéndose. Llevaba una camiseta blanca básica de manga
corta con escote que resaltaba más por culpa de su piel morena, unos
shorts vaqueros realmente shorts y unas chanclas negras. -Soy Chiara.
-Pues... no tienes mucha pinta de
Chiara- le dije yo tan perspicaz como siempre.
-¿Porque soy venezolana? Mi madre es
italiana.
-De Génova, claro- apuntillé.
-De Genova, claro.
-¿Has venido de visita?
-He venido a buscar.
-¿Y qué buscas?
-A mi madre.
-¿Y tu padre?
-En Venezuela.
-¿Y tu madre?
-Por aquí, supongo.
-¿La conoces?
-Sí, vivió con nosotros hasta que yo
tenía diez años y luego se fue. Se vino.
-No la has llamado.
-No tengo su número. No sé nada. Sólo
he visto su Facebook y dice que vive acá. También mi papá me dijo
que vivía acá.
-¿Le has hablado?- pregunté
intentando colocarme en una conversación que me había dejado fuera
hacía ya bastante tiempo.
-No. Quiero verla. Voy a un café al
que pone que va mucho para ver si la encuentro.
-¿Por qué no le hablas?
-Porque prefiero encontrármela y ver
si me reconoce.
-¿Qué le vas a decir?
-No lo he pensado. No sé si sabré
reaccionar al verla. Espero que lo haga ella y así me evito tener
que hacer nada.
No podía creérmelo. No sabía donde
meterme. Ahí estaba yo dando una vuelta por una ciudad a una hora y
poco de avión de España pensando que me estaba comiendo el mundo y
esta chica había volado desde Venezuela sólo para sentarse en un
café a esperar a una señora que la había dejado hacía, al menos,
doce o trece años para decirle, o no, algo y para esperar que la
reconociera, o no. Yo estaba parado delante de ella mirándola
boquiabierto total sin tener muy claro qué hacer. Me decidí por
tragarme inseguridad y vergüenza e intentar buscar su boca lanzando
un mordisco certero. Acerté y a ella le gustó que lo hiciera. Sabía
a menta. Me pasó la mano por la nuca y me agarró la camiseta a la
altura de la cintura tirando de mí hacia ella. Mi mano se movía por
su espalda buscando el momento apropiado para llegar a su culo.
Besaba dulce y lento. Muy dulce y muy lento. Chiara. La italiana
venezolana. Me apretaba mucho y yo notaba su pecho contra mí.
Entramos en mi habitación y nos tumbamos en la cama. Me buscaba con
necesidad. Era más ella que yo. Yo no acababa de explicarme muy bien
la situación y sólo me dejaba llevar. Ella se subía encima de mí
y yo me quejaba porque me dolía mucho de haberme quemado y ella se
reía porque estaba muy rojo y porque me quejaba y porque, supongo,
le hacía gracia yo. Y follamos. Me folló ella. Me folló como me
besaba; muy dulce y muy lento, para que no me quejase. Yo me
preguntaba el porqué de mi suerte. Por el trébol en el culo,
supuse. Y acabó. Y acabé. Y acabamos. Y se tumbó frente a mí y se
rió. Y me besó. Y se fue. Yo me dormí. Candela llegó quince o
veinte minutos más tarde con la cena (o la comida). Le conté que
había conocido a Chiara. Se rió. No sé si incrédulo o no, pero
cenamos y nos dormimos y al día siguiente nos fuimos del "hotel".
Busqué a Chiara antes de salir, pero nada. Quise pensar que estaría
en el café, quizá hablando con su madre, quizá ella la habría
reconocido y ya no tendría que volver a ese "hotel"
horrible, pero, claro, sólo eran quizás.
